Dinamita

Tengo controversia con mi grupo nuevo de quinceañeros. O no con ellos concretamente, pero sí con lo que supone sustituir su clase. Su profesora era una señora de 58 años, con bastón regio «toc-toc-toc-plié-plié-relevé» y modales impecables para una prima ballerina de 1975. Por su método de trabajo, que ha dejado también impecablemente anotado en la agenda de estudios, la adivino. Es ordenado, clásico, elegante, estructurado y racional, como ella. Las peores depresiones siempre vienen de una estructura mental impecable. No falla. Levantamos un perfecto castillo de naipes emocionales, colocamos cada cartita justamente en su lugar, luchamos por que no se nos descoloque ni el más mínimo piquito y de repente… barrabumba. Todo a tomar por culo. Para eso los locos y caóticos lo tenemos mucho más fácil. Lo nuestro siempre es un perpetuo barrabumba. Estamos mucho mejor preparados para el descontrol de lo inesperado. Por eso nos deprimimos mucho menos.

El caso es que Doña Elisa y su método clásico, elegante, estructurado y racional, no tiene nada que ver conmigo. Nada. No nos parecemos ni en la goma de las zapatillas (que ella supongo que ni llevará). Esta mañana no me parecía demasiado grave, la verdad. Iba en el autobús pensando «lo dinamito todo y empiezo de cero. Tengo cuatro meses y una eternidad de sábados. Me vale para divertirme y para divertirlos.» Pero luego he llegado a clase, he empezado a ser yo y ahí ya… creo que no he hecho más que sembrar el desconcierto. Desconcierto por todo. Por tirar la mochila encima de las suyas. Por entrar con la palmera de chocolate. Por sentarme en la mesa. Por comerme la palmera de chocolate sentado en la mesa. Por quitarme la camiseta. Por el piercing del pezón. Por colocarlos en barra central. Por bailar con ellos. Cuando les colocaba la espalda, iba notando respingos. Uno de los chicos estiraba mal y le he sujetado el abductor. «Estira siempre hacia el exterior o te lesionas.» Se le han puesto las orejas como dos lombardas. Casi se me hostia contra el espejo de lo nervioso que se ha puesto.

Adivino que Doña Elisa no les toca, no baila, no come palmeras de chocolate, y no participa en los estiramientos. Doña Elisa es «la profesora» por antonomasia. Mantiene su distancia con ellos y su plano superior. Así que ahora, la pregunta es: ¿qué hago? ¿me adapto yo a lo que era la clase antes, o hago que la clase se adapte a mí? ¿Obedezco o dinamito?

Y sobre todo… ¿por qué demonios me meto siempre en estos líos?