Filosofía de la relación

Se casa el autobusero. El ex de Jon. ¿Te acuerdas de él? el que me llamaba chaperito barato y tal. Aquel encanto de hombre. Por segunda vez, se casa. Y por segunda vez, hemos recibido su invitación de boda, porque el autobusero es el rayo que no cesa. Esta vez se casa con Kym. ¿Y quién es Kym? pues no lo sé, pero tiene un nombre genial. Como de protagonista de Rudyard Kipling o algo así. A Jon no le ha parecido tan genial. O al menos, no lo suficiente como para ir a la boda, porque me ha dado instrucciones precisas de cómo archivar la invitación dentro de la chimenea encendida. Yo, como soy bastante feliz y tengo sexo habitual, le he dicho que me gustaría ir a mirar a ver qué tal todo. Al fin y al cabo la celebra en un Parador. Eso es cortador de jamón seguro. Y donde hay un cortador de jamón… allí debería estar yo, con un plato y buenas intenciones. Pero no. El cortador de jamón tampoco ha sido suficiente como para despertar el interés de Jon. Ni ha levantado la vista de la tablet para decirme que por sus cojones iba a a hacerle un regalo de boda al autobusero. Yo le he dicho que podíamos hacerlo en plan venganza silenciosa. Quizá comprándole un frutero de Lladró, uno de esos relojes dorados barrocos pastoriles, o un cuadro de ciervos sobre un fondo de luna llena. Qué se yo. Las posibilidades son infinitas. Pero nada. Tampoco le ha convencido lo de la venganza decorativa. “O mis cojones con un lazo de satén.”

Jon utiliza mucho sus cojones para cerrar las frases. Ese siempre es síntoma inequívoco de que ahí termina para él un debate.

Toda esta morondanga me lleva a la conclusión de que Jon no perdona ni perdonará jamás la traición del autobusero (recordemos que volviendo un día antes de un viaje de trabajo, se lo encontró con otro tío en la ducha, haciendo un watersex) pero parece ser más una cuestión de orgullo que de otra cosa, porque afirma con total tranquilidad que cuando sobrevino la catástrofe, él no estaba enamorado. Una vez le pregunté si alguna vez lo había estado. Pareció pensarlo durante un instante y luego contestó “la verdad es que no.”

¿Por qué se une la gente que no se enamora? ¿miedo a la soledad? Porque según ese planteamiento, el autobusero en realidad le hizo un favor a Jon llevándole a una situación inaceptable (solo eso ya merecería la pena devolvérselo zampando jamón, la verdad). Jokin me dice por lo bajini que Jon no estaba enamorado del autobusero, pero que el autobusero sí que estaba enamorado de Jon y que llegó hasta a caer en una depresión cuando el de Gasteiz le cerró todas las puertas. Lo cierto es que me cuadra, porque nunca hice nada para que el autobusero me vapuleara con tanta mala hostia, salvo nacer y, 22 años más tarde, meterme por en medio de aquel piso de Malasaña. Pero si estaba tan enamorado ¿por qué metió a otro tío en su ducha? ¿Está en nuestra naturaleza lo de hacernos un lío entre la brújula del corazón y la de la polla?

Esta mañana, mientras le rellenaba la taza de café, me ha dado por preguntarle  a Jon qué pasaría si un día volviera de trabajar y me encontrara con un tío en la ducha. Ha puesto cara de dolor. De dolor del de verdad. “No quiero pensar eso.” Yo he vuelto a insistir. “Vale, pero tú imagínatelo.” Me ha agarrado de la cintura y ha apoyado la cabeza contra mi estómago. “Ari. No quiero imaginarlo.”

Bueno, Jon. La verdad es que puedes hacerlo, porque nunca sucederá. No está en mi naturaleza confundirme de brújula. Es lo bueno de lo malo de no saber nunca hacia dónde voy.