Jueves de colores

Ayer telefoneó el autobusero para saber si íbamos a ir a su boda. Me llamó “chiquitín”. No en plan cariñoso, sino en plan chulo condescendiente. Como el que te llama mierda seca con una palmadita en la cabeza. Así que ya no me da pena y no quiero ir a su boda. Ni aunque tenga cortador de jamón. Ni aunque tenga dos. Ni aunque tenga ocho y no puedas dar ni un paso por la sala sin comerte un montadito. Se ha quedado sin reloj pastoril. Por sobrao.

Las cosas con mi clase de adolescentes van mucho mejor. El módulo anexo (yo) ha realizado con éxito su acoplamiento a la nave nodriza (ellos) y ya navegamos juntos y en armonía. Al final dinamité el trabajo de Doña Elisa y empecé desde cero con mi anarquía particular. Por supuesto, antes me aseguré de que ella ya no iba a volver para este curso. No era cuestión de que la pobre mujer retomara su clase después de una depresión y se encontrara a un antisistema con pelánganos (controlados), piercing de pezón y palmera de chocolate, pasándose su método por el forro. Además de por respeto, porque también estoy seguro de que mi integridad física correría serio peligro. Las señoras sexagenarias están sorprendentemente dotadas para la violencia. Y si no, que se lo digan a las cajeras de supermercado.

Sea como fuere, voy a intentar ser un poco más adulto y menos crío, para poder dar clase a mis chicos de una manera semiseria, porque pronto cumpliré los 29 y ya va siendo hora de dejar de comportarme como un teletubbie. Esto es, por ejemplo, dejarme de palmeras de chocolate y de entradas triunfales por el pasillo en monopatín. Que sí. Que lo segundo lo hago solo porque llego siempre tarde a todas partes y me ahorro cerca de 20 minutos al día de carreras, pero estoy seguro de que me resta un poc… bastant… much… TODA LA RESPETABILIDAD. Así que mañana dejaré el skate en la taquilla y haré el pasillo andando. Yes, I can. Si he sido capaz de cortarme el pelo, soy capaz de guardar el monopatín. De aquí a llevar las dos zapatillas del mismo color… un paso.

No. Lo de las zapatillas no lo hago adrede. Es tara mental. Soy incapaz de ordenar mentalmente los colores a la primera. No hay ni un puto día que no meta las zapatillas desparejadas en la bolsa. Una blanca y una azul. Una beige y una blanca. Una azul y una beige. Todas las combinaciones posibles, menos las correctas. Por algún motivo inexplicable, mi cerebro va a su aire en un acto de anarquismo “halavenga” y empareja lo que le sale del nardo. También me pasa con los cepillos de dientes. Creo que ya lo puse una vez en algún post de allende los años. Mi cepillo de dientes es naranja y el de Jon es verde, y no hay NI UN PUTO DÍA que no me sorprenda a mí mismo poniendo la pasta en el verde. Siempre me equivoco. Siempre. Llegué a pensar que simplemente era una tendencia de mi subconsciente y probé a comprar cepillos nuevos intercambiando los colores. Esto es, Jon el naranja y yo el verde. Pero nada. En una semana, volvía a sorprenderme a mí mismo untando dentífrico en el naranja (o sea en el que ya era de Jon). Así que al final me rendí, volví a dejar los colores como estaban, y me resigné a los 20 segundos perdidos cada mañana mirando el vaso y pensando “a ver…¿cuál de los dos es el mío?”