Nunca fuimos héroes

Estábamos en Zarautz. De Semana Santa. Haciendo el idiota en la cama elástica, como viene a ser normal en mí siempre que piso esa casa. Pero se puso a llover y nos empezamos a poner como sopas, así que con esas cogí a María, nos metimos en el porche cubierto y pusimos un poco de música hortera para bailar. A María le flipa bailar música hortera. Tengo todo un repetertorio solo para ella. Yo le enseño los pasos de la bossanova, la samba, el mambo, la pachanga… y ella se limita a dar bricos y saltos a mi alrededor como una pulga esquizofrénica. Da igual lo que le enseñe y las instrucciones que le de. “Mira, paso adelante, paso hacia atrás…” Y Maria pega un salto de rana. “Ahora giro de cadera, dos delante y dos detrás…” Y María pega otro salto de rana. Así hasta el infinito y más allá. Yo: técnica-técnica-técnica y ella rana-rana-rana.El caso es que me parto con ella, así que se me ocurrió que Simón nos grabara bailando, y me dio por colgar el vídeo en el chat de grupo de mis nuevos alumnos quinceañeros. No era del todo loco, porque al fin y al cabo eran clases de danza y no dejaba de ser una monería cómica sin más. Así que tal cual puse “enseñando bossanova a mi hija”. Y, saltándome mis propias normas en cuanto a compartir cosas gráficas de casa más allá de los gatos, lo colgué con un clic.

En qué puta hora.

Al principio solo fueron 500 mensajes con muchos emoticonos de admiración y de OMG porque tuviera una hija. Se ve que lo del skate y la palmera de chocolate les había calado fuerte y yo les cuadraba más con mochila de instituto, pomada antiacné y fotos de One Direction. Pero ya cuando les dije que estaba casado con un tío (y encima haciéndome el graciosito), aquello fue como un minihiroshima. Mensajes, mensajes, mensajes y más mensajes. Quinceañeros recalibrando sus mentes y su imagen de mí, del misterio a la perversión. Y emoticones. Emoticones por un tubo. Uno de los chicos, aquel que se me puso bermellón cuando le enseñé estiramiento, pasó al chat de dos donde había estado enviándome sus dibujos, y directamente empezó a decir que yo era muy valiente. Intenté decirle la verdad. Que nadie se puede llamar valiente por ser como nació y cuanto menos a mí, que siempre estuve demasiado preocupado en sobrevivir como para enfrentarme a juicios de género y siempre hice sexualmente lo que me salió del nardo (nunca mejor dicho) sin ningún trauma ni autoanálisis, pero dio igual. El chico pareció querer abrirse a una salida del armario exprés y me dijo que quería “contarme algo.” Yo salí por pies. Como decía Tino Casal, nunca fuimos héroes y cuando pretendes asumir ese papel sin méritos (que de héroes sin méritos ya está bastante sobrado el mundo), siempre, SIEMPRE terminas cagándola. Así que, conocedor de mis taras y limitaciones, escurrí el bulto como pude, e hice la del conejo de Alicia en el País de las Maravillas: “uyquetardees-mevoy-mevoy-mevoy” y cerré el whatsapp con ocho candados.

Esta tarde tengo clase con ellos. Mi whatsapp sigue en su permanente +99 mensajes desde ayer. Y ahí seguirá. Pero el vis a vis no puedo desconectarlo, guardarlo en un bolsillo y olvidarlo, así que… ¿te cuento el espíritu que llevo hoy para dar mi clase?

Ese justamente. El de arrastrar los pies lastimeramente por la calle Alcalá intentando no llegar a destino nunca.