Reseteo

Han pasado cosas. Demasiadas. Y yo sin escribirte y sin contarte. Nunca por falta de ganas, siempre por falta de tiempo. He leído a blogueros pidiendo ideas para escribir en su blog. Y a más blogueros planificando sus publicaciones y asegurando una continuidad. No sirvo ni para lo uno, ni para lo otro. No necesito temas para escribirte, ni puedo prometerte hacerlo de una forma matemática. Ese es el verdadero secreto de seguir aquí desde 2005. Que te necesito. Necesito escribirte. Lo haré siempre. Y tú te sentarás a leerme como si estuviéramos los dos en una mesa de café. Así mola leer. Así mola escribir. Cuando ninguno de los dos nos debemos nada, y solo estamos juntos por puñetero placer.

Bueno, a ver…


Acontecimiento 1

Vino el autobusero. A casa. Con Kym, que no es un personaje de Ruyard Kipling. Solo se llama Joaquín y es de Segovia. No me pareció mal chico. Estuvo callado y en segundo plano. Le ofrecí una bebida y me sonrió para decirme que no hacía falta. Me cayó bien por esa sonrisa. Y le compadecí un poco por estar ahí callado y metido en esa movida que ni le iba ni le venía. Jon fue letal, como siempre. Y el autobusero le respondió combativo, también como siempre. Empeñado primero en que fuéramos a su boda, y después en que explicáramos por qué no íbamos a su boda. “Quiero que vayáis, no quiero ningún regalo.” Jon se reía. No falsamente. Se reía de verdad. Con su sonrisa amplia y maravillosa de dientes blanquísimos, que tanto sirve para adorarte, como para aniquilarte. “¿Regalo? ¿qué regalo? no pensaba hacerte ningún regalo de todas formas.” “Jon, yo necesito pasar página de todo lo que pasó y necesito que no me odies y esta sería una buena demostración de…” “Yo no te odio. Nunca te he odiado, joder. Nunca me importaste tanto como para eso.” No era un farol. Lo decía de verdad. Pausado, confiado y tranquilo. Le conozco. Conozco su tono de voz cuando solo está dejando constancia de algo. Fue demoledor y terrible. Se me erizó el vello de la nuca. No sirvo para los enfrentamientos. De verdad. Yo necesito la armonía en las cosas. En los colores, en los sonidos, en los sabores y en las personas. Cuando mi entorno se eriza, yo me erizo. Soy un hombre gato. Así que solo quería levantarme y marcharme. Dejarlos ahí. Que pasara lo que tuviera que pasar, y que pasara sin mí. Estuvieron cerca de una hora. En un momento dado subí a volver a acostar a María, que se había levantado y para cuando bajé, ya se habían ido. Jon estaba poniendo el lavavajillas. Parecía absolutamente tranquilo. “¿Por qué crees que hace estas cosas?” “Porque no sabe perder.”

O porque siempre estará enamorado de ti. Pero ese es el primer pensamiento que hoy no quiero tener.


Acontecimiento 2

Ayer por la tarde, al salir del trabajo, pasé por Quevedo para llevarle a mis amigos de los gatos unos antiparasitarios que me habían donado para las colonias del Canal. Dejé el coche en el parking de El Corte Inglés de Arapiles, y crucé el centro para salir al otro lado y así enfilar directo al portal donde viven estos chicos, en la calle de Fernando el Católico. Nada más salir a esta calle, mientras estaba cruzando, vi como le pegaban a un hombre dos tiros en la cabeza. Pam-pam. Vi como el hombre que llevaba la pistola giró la cabeza en mi dirección y me miró directamente a los ojos y luego les vi correr, meterse en un coche y huir, mientras una mujer se arrodillaba junto al muerto y empezaba a proferir unos gritos agudos y desgarradores. No reaccioné de ninguna forma. Solo me quedé petrificado, se me cayó el móvil al suelo y me quedé en estado de shock mirando como la gente corría hacia Quevedo y un hombre se agachaba a auxiliar a la mujer y al hombre herido. En apenas un minuto llegó la policía y acordonó la zona. Me tomaron declaración, nos preguntaron a todos, nos mantuvieron dentro del perímetro, nos dijeron que no podíamos irnos hasta que no se levantara el cadáver. Subí a casa de los chicos, llamé a Jon. Vomité. Intenté calmarme sin conseguirlo. Vomité otra vez. Jon me llamó desde abajo porque la policía no le dejaba pasar. Sobre las diez y algo de la noche, por fin un policía le dejó acceder al portal y ya subió conmigo. Me dijo que Pedro estaba muy asustado. Vomité una tercera vez. A las diez y pico nos dejaron irnos a casa. El hombre seguía tirado en la acera tapado con una capa térmica. Recordé sus vaqueros azules cayendo al suelo y volví a recordar al tipo de la pistola que me miró. Esta mañana leí en la reseña de un periódico que los asesinos llevaban la cara tapada. No es cierto. Iban a cara descubierta, vestidos de negro y con un gorro. Y el que llevaba la pistola me miró a los ojos directamente.

También podía haberme pegado un tiro a mí en ese momento. Y a la mujer. Y al hombre que se acercó a auxiliarla. Pero ese es el segundo pensamiento que hoy no quiero tener.


Ya está. Malos rollos vaciados. Mañana me reseteo emocionalmente y empiezo de cero.