Kioto

Querido blog que nunca me contesta… son casi las cuatro de la madrugada en Kioto y estoy desvelado. No es ninguna novedad. Arrastro un jetlag brutal desde que aterrizamos en Narita, así que me caigo de sueño durante el día y ando como un búho durante la noche. Intento sobrellevarlo como puedo. A veces me acuesto a su lado y me enredo en su cuerpo y él me contesta mimoso con un ronroneo de gato, se entrelaza, apoya su mandíbula en mi clavícula y sigue durmiendo con una respiración acompasada mientras yo disfruto de su pecho subiendo y bajando. Le quiero tanto que me vuelvo de cristal. Estar aquí con él es tan maravilloso como una película cursi. Me encantan estos viajes imposibles donde nunca me aprendo los nombres y solo bebo sensaciones. Luego la gente me pregunta y soy incapaz de contar nada. “Comimos una especie de pescado y estuvimos en… en… no recuerdo dónde… pero había paredes rojas.” Terminaría antes si contara la verdad desnuda. “Solo me limité a seguirle.” Él sabe cómo se llama todo. Me sonríe seguro y confiado. Habla con la gente, paga las habitaciones, encarga las comidas. Yo solo me dejo llevar, me meto en las fotos y soy feliz. Me toca eso ahora mismo en mi vida. Lo disfruto hasta que me toque otra vez ser la locomotora.

Me estoy pasando de críptico ¿verdad? Vale, empecemos otra vez. Estoy en Kioto. En una casa alquilada en el distrito de Ukyo, porque mañana iremos a visitar Arashiyama para ver los monos, el bosque de bambú y el templo donde vamos a dormir. Son casi las cuatro de la madrugada (¿o lo son ya?) y estoy sentado en el suelo sobre una esterilla escribiendo esto en mi portátil, porque no puedo dormir. Tengo hambre, pero debo aguantar hasta dentro de tres horas que Jon preparará el desayuno, porque no quiero ir por libre. Las comidas aquí son tan artísticas que hay que hacerlas en compañía. Me di cuenta ayer en el ryokan. Hicimos una cena kaiseki (no te emociones porque eso y el osen son los únicos tres nombres que me he aprendido de todo esto) y nos sentaron frente a un turista holandés que viajaba solo. Casi nos da un abrazo cuando nos vio. Le dijo a Jon “Japón es para comerlo en compañía”. Me pareció una verdad muy certera, así que no voy a meter la nariz en la mininevera (aquí todo es mini) y esperaré a que amanezca.

Sobre todo porque siempre me quedarán los 18 kilos de kitkat de matcha que llevo en el bolsillo lateral de la mochila.

El kitkat matcha es mi descubrimiento tokiota por autonomasia. Lo compré de chiripa en el aeropuerto de Narita porque tenía mal sabor de boca y barrabumba: me atrapó las papilas gustativas. Ahora voy a todas partes royendo crunchi-cronchi como un hamster. No quiero ni pensar en lo que supondrá para mi colesterol. Mejor dejar la reflexión para cuando pise Barajas.

Se me hace muy raro pensar que en este mismo momento, mi jefe andará sacándose brillo a la calva y preparando su corbata para ir a trabajar mañana, mientras yo estoy aquí, viendo mecerse las ramas en el jardincito trasero de la impecable minicasa japonesa. Me gustaría mucho poder traerme mi vida aquí y pasar uno o dos años en esta paz, lejos de mis realidades. Me encanta cambiar escenarios. Aires. Olores. Sensaciones. Me encanta cambiarlo todo. Menos las personas. Esas prefiero que permanezcan siempre las mismas. Justo donde están. Sin sumarse, ni restarse. Solo ellas y ya. Conmigo. En mi microespacio de amor.