Bob el silencioso

Tengo a un chico nuevo de prácticas en el trabajo. Entró hace unas semanas mientras yo estaba en Japón, y estará conmigo hasta Junio. Cuando me lo dijeron me puse contento porque a pesar de mi fobia social, desde que se fue el gallego echo de menos a alguien con quien poder hablar, reírme, quejarme del sueldo y robar bollos de la máquina, pero mi gozo se ha ido al pozo más rápido que un galgo, porque resulta el chico nuevo de prácticas, que se llama Gonzalo, ni habla, ni ríe, ni roba bollos, ni nada. En realidad no es más que unos 75 kilos de carne con ojos que lo único que hace es parpadear y mantenerse vivo. De hecho, he contado las palabras que ha pronunciado en estas tres semanas que lleva conmigo y calculo que serán unas ocho, siete de las cuales, han sido monosílabos. Por lo demás todo bien, eso sí. Trabaja bien, es puntual, cumplidor y espabilado. El perfecto compañero de escayola. Al principio pensé que el problema era la timidez, pero ya lo he descartado porque no presenta muestras de ello. Lo poco que dice lo dice seguro, firme, mirándome y sin titubear. Entra con un “hola Ariel” y se despide con un “adiós Ariel”, así que mi nombre al menos se lo sabe. Algo es algo. Por lo demás, creo que su problema es la introversión. O eso o que no tiene ni puñeteras ganas de hablarme, que también puede ser. Bueno. Ea. Pues tendré que acostumbrarme a Bob el silencioso. Si hay algo que respeto en esta vida, es a la gente que hace realmente lo que le apetece. Peor sería que se esforzara en darme charla con desgana. Eso convertiría mi jornada laboral en una interminable conversación de ascensor, y francamente… no sé qué es peor. Casi prefiero el silencio pactado. Soy muy fan del silencio pactado, en realidad. Los momentos incómodos de cruce en el pasillo, tipo “qué calor hizo ayer ¿no?” “sí, pero dicen que el sábado llueve…” me parecen un absurdo muy grande. Creo que terminé de enamorarme de Jon cuando descubrí que podíamos llegar a estar callados compartiendo el mismo espacio sin sentirnos incómodos. Supongo que esa es siempre la frontera bonita de la intimidad.