Ruido

Pedro está dando vueltas al sexo. No literalmente, a lo mandril, no. Me refiero en plan pensamiento abstracto. El mes que viene cumplirá 14 años. Crece (más que yo, el mamón) se hace recio y se vuelve guapo. Porque lo es. A base de no cambiar jamás de expresión facial, se le ha quedado piel de estatua. Y sigue siendo brillante de pensamiento y ejecución. Y soso. Terriblemente soso. Y frío. Demoledoramente frío. Pero ya llegan los quince, el verano, las pandillas, las chicas, las hormonas, el despertar, el picapica y… el amor. O el amorcito. Porque lo que se te enreda a los quince no deja de ser un ensayo general, pero bueno… Esta mañana me preguntaba en el desayuno si yo creía que él tendría alguna vez sexo con alguien. Mi primer impulso fue hacer un chiste y el segundo una pregunta inquisitoria, pero no hice ninguna de las dos cosas. Solo puse mi mejor cara de nada y dije “claro, hombre. Todo el mundo lo tiene, más tarde o más temprano.” Mentí un poco. Solo un poco, pero mentí, porque al fin y al cabo el sexo no es ningún derecho, sino un privilegio, y siempre dependerás de que alguien que se cruce contigo quiera otorgártelo, pero no me parece que Pedro esté en el bando de los frustrados. Quizá lo estuvo algún día, pero ya no. Y según crece, diría que cada vez menos. No parece infeliz. Quizá reflexivo, analítico… pero no infeliz. Pisa donde quiere pisar, y entra donde quiere entrar.

Bueno…esto último no era una metáfora.

Pienso en cómo ayudarle a que se relacione con chicas, pero es complicado. Ahora que trato con alumnos de su quinta, me doy cuenta de que él está a años luz del comportamiento normal de su generación. No me imagino a ninguna chica diciendo “Pedro, me gustas mucho…” mientras él le repite por quinta vez que se quite los tacones porque está rayando el parquet. Jon dice que quizá deberíamos buscar algún tipo de asociación de adolescentes con autismo donde pudiera encontrar otros chicos que al menos se movieran dentro de su mismo espacio, pero yo no estoy del todo seguro que sea eso lo que necesita. Ya no para el sexo o el amor, sino para la vida en general. Creo que para ser felices necesitamos rompernos. Mezclarnos. Aterrorizarnos. Estallar. Incluso sufrir en tragos pequeñitos. Nadie es feliz en un entorno inmóvil, por apacible que sea. Eso solo me suena a espejismo. Para ser felices, felices de verdad… necesitamos nuestra pequeña dosis de ruido.