Meridiano

María tiene siempre las rodillas arañadas. De forma permanente. No recuerdo ni un solo día que no haya tenido o costra o herida. Es porque es bruta y punky. Sobre todo bruta. Trepa como un monito y se tira con la bicicleta y el coche a pedales como si no hubiera un mañana. Y cada vez que se fostia, resulta harto complicado poder reñirla en plan “¿¿LO VES?? AHORA LLORAS, CLARO”, porque no llora jamás. Como mucho aprieta los labios y dice “jolines…” El jolines de María expresa muchísimas cosas. Positivas y negativas. Le vale igual para los hostiones, que para los macarrones con chorizo o para cuando se pone las bragas al revés. La verdad es que no sé qué hago sin dibujar a María. Echo un poco en falta lo de dibujar para mí y para este blog. Echo un poco en falta en general, todas las cosas que hago (o hacía) para mí. Necesitaría más tiempo. Más horas en el día. Dibujar, leer, pintar lemures… Siento que cuando me doy tiempo, estoy de mejor humor. Hoy me vendría bien porque ando preocupado por mi gatovaca. Me pide comida a todas horas y le noto algo más flaco y despeluchado. Como si se lavara menos o peor. Quiero pensar que son los dientes otra vez y que quizá es que le duelen y no puede comer el pienso duro (quiero pensarlo porque las latas blandas se las zampa de ocho en ocho) pero aún así me preocupa. El sábado volveré a llevarle al veterinario. Solo de pensar en meterle de nuevo en la gatera me suda hasta la rabadilla. A los All Blacks me gustaría a mí verlos metiendo al gatovaca en la gatera. Eso sí que sería terrorífico y no lo de las hakas. Es solo verme agarrar el asa, y ya está colgándose de las lámparas. Y cuando son chiquititos, vale, pero cuando tienes que lidiar con ocho kilos de gato, es cuando te planteas por qué demonios no nacerías con pasión por las tortugas, o por las ranas arborícolas.

El padre de Gus sigue muriéndose. Le han internado ya tres veces en el hospital de terminales y las tres veces le han dado el alta. En la última nos pidieron si podíamos prestarles la silla de ruedas que guardamos en el garaje (no me preguntes por qué guardamos una silla de ruedas en el garaje. Nuestro garaje es Narnia. Cualquier día surge allí algún tipo de nueva civilización) y fuimos a llevársela al hospital. Su madre y su hermano se acordaban de mí, de cuando hice la pantomima de ser su novio formal, para que le dejaran pasar a despedirse de su padre (que yo no sé ya los adioses que llevara ya encima el pobre hombre con tanto memuero-ahpuesno). Conmigo iban Jokin y Jon, y este último me llevaba de la mano, así que el momento nos quedó un poco surrealista, pero ninguno de los presentes dijo ni mu. Ni ellos, ni nosotros. Nos miraron un poco torcido, pero no mucho más que la primera vez. Supongo que pensarían “Señor, envía otra lluvia de fuego a estos liberales sodomitas…” Sinceramente, yo creo que ahí Gustavo desperdició una oportunidad de oro de explicar que su verdadero marido era Jokin y no yo. Primero porque Jokin es alto y buen mozo y luce mucho más mejor como esposo (dónde va a parar), y segundo porque así al menos los hubiera sacado del desconcierto de tener que imaginarse a un fraggel como yo, pilotando un caza del ejército.

Jon me ha puesto a dieta de engorde otra vez. Y no me ha dado tiempo a esconder panteras rosas, así que estoy sin alijos de emergencia.

La vida es muy chunga sin alijos de emergencia.