Que me voy a casa

El universo a mi alrededor está muy loco y muy alterado. Algo pasa en matrix. Algún mono borracho se ha puesto a los mandos. Anteayer era el gato, luego mi infección renal, después los curas cambiándome la fecha de la función y pidiéndome otra, más tarde la bajada de aguas de la casa haciendo pimba, anoche María haciendo volar palomitas por mi cocina y ahora las tuberías de la pila amaneciendo con un precioso sifón. Es como si calmara un apocalipsis y de inmediato se levantara otro. Menos mal que me ha pillado el fin del mundo de baja laboral. Menos mal que estoy en casa. No quiero ni pensar en tener que administrar todo este chimpún con mis ocho horas de trabajo. Me cago en el 2018. ¿No iba a ser este mejor año que el anterior?

De la fiebre ya mejor. Ya solo febrícula y siempre a última hora de la tarde. Me han prolongado el tratamiento tres días más y el día 9 empezaré con el urocultivo y demás perrerías. Me han renovado la baja hasta el 13, para hacerles frente. Yo estaba todo contento porque el tener más tiempo me permitía poner un poco en limpio este blog, y meterle dibujitos, y audios, y VIDA, pero desde luego ha pasado una semana y por ahora no he hecho más que apagar fuegos (incluido el mío).

Quería haber hecho una viñeta de María ayer destapando la olla de las palomitas en plena ebullición, o una de esta mañana de Jon K. mandándome fotopenes y mensajes guarrillos mientras el obrero tapaba el agujero de la pared de mi cocina con expresión de vaca mirando al tren, pero no he hecho ninguna de las dos cosas. Y aquí estoy. Spoilerándolas.

También iba a utilizar estos días para terminar los 468 libros de este invierno que dejé empezados y a medias, pero tampoco estoy teniendo mucha suerte con eso. Ya llevo tres tardes de quedarme dormido con el kindle encima de la nariz después de pasar tres páginas. Y no porque el libro sea malo, no, que no lo es. Es que necesito volver al papel una temporada. Eso con el papel no me pasa. Creo que la pantalla digital me induce el coma.

Ahora mismo me tomaría un vodkatonic con unos pistachos, levantaría los pulgares desde este patio de butacas en penumbra a todos y todas, y luego me quedaría aquí repanchingado escribiendo que la vida es un caos maravilloso.

La vida es un caos maravilloso. Yeah. Lo es.