Cosas peores

Estoy recopilando fotos y dibujos estos días para cambiar un poco el diseño del blog. Siguiendo mi modus operandi habitual, me tiro horas seleccionando cosas que inicialmente me parecen perfectas y finalmente, una mierda pal cajón, así que pasan los días y no avanzo nada con esto. También quiero volver a dibujar y volver un poco a ser yo, pero hoy es la peor tarde para ponerme a ello, porque me he quedado dormido encima de la mesa y me he despertado con febrícula y dolor de cuellocabezaespalda, así que es más que probable que mi noche termine en el sillón, con la peor película del mundo, amorrado a una botella de agua mineral con gas y un ibuprofeno.

Ya… Hay cosas peores.

Jon ha venido y se ha ido a entrenar, porque se prepara para otra ironman (espartanos ah-uh), así que he aprovechado para meterme con nocturnidad y alevosía, a revisar sus fotos de nuestro viaje a Japón para ver si podía aprovechar alguna para la cabecera de ahí arriba. Pero no. Nada. En todas salgo yo y en todas soy imposible de borrar sin cargarme la foto. En la mitad salgo tapándome la cara y en la otra mitad con sonrisa de cabra. Jon también sale en muchas. Me encanta especialmente una que hicimos en el exterior del onsen privado de un hotel, porque hay un señor japonés que está mirando a Jon desde abajo con cara de enojo asustado, como si el vasco fuera un sicario de Godzilla. Cuando ya casi regresábamos a Madrid me enteré de que a los japoneses no les hace ni puta gracia que los occidentales tatuados se metan en los onsen, así que imagino que el origen de la foto venía de ahí. Yo nunca me habría metido en un onsen si llego a saber que estoy prohibido. Jon sí. Jon se pasa el universo por el cipotillo y nunca se altera. ¿Le dicen que se vaya? pues se va; ¿No le dicen nada? pues se queda; ¿le importa todo dos cojones? le importa todo dos cojones. Así que en la foto, Jon está feliz, yo estoy desconcertado, y el japonés está con ganas de soltarnos una patada voladora entre las orejas, supongo.

Aún me quedan varios días de baja laboral porque hasta el 13 no tengo que revisar el alta. Debería empezar a acongojarme, porque en breve tengo las dos funciones de ballet y la boda de los pomperos y el chihuahua con encajes, y ambas cosas alteran bastante mi paz. La una porque mis alumnos teenagers están en crisis por culpa de los nervios, y la otra porque aún no he hecho los nosecuántos cucuruchitos dorados que me encargaron los novios para tirarles a la cabeza la fanfarria y las puñetas. Conociéndome como me conozco, llegará el día del ensayo general y yo estaré todavía adaptando números a cuerpos y cabezas. Igual que llegará la mañana de la boda, y yo estaré plegando cucuruchitos mientras Jon me hace el nudo de la corbata.

Sí, bueno… También en eso hay cosas peores. Por ejemplo, que a María le hubiera tocado ser la niña de los anillos.