Garras y garritas

El padre de Gustavo ha debido intuir mi porra de ayer y no solo no se ha muerto, sino que ha resucitado de sus cenizas como el ave Fénix de la mala leche, y se ha levantado de madrugada a comer fruta de la nevera de la habitación. Se le han encontrado en camisón y bata, sentado en la cama masticando plátano. Doy fe que ayer no podía ni tragar un buche de agua. No sé… igual es un milagro o algo. Igual Gustavo es el nuevo Mesías y allá donde va resucitan los muertos, andan los cojos y miran los ciegos. Luego me acercaré a su casa y le pasaré mi billete de lotería por la coronilla. Lo compré porque era un número capicúa. De esos que no tocan nunca. No sé por qué compro números de lotería que no tocan nunca. También compré una vez el 00005 de la ONCE. Siempre hago este tipo de chorradas. Debe formar parte de mi genética lemming.

A María le han dado una pegatina dorada en taekwondo por buen comportamiento. Dice su maestro que ha separado a dos niños que se estaban peleando fuera del tatami. Mientras le escuchábamos, Jon y yo no podíamos abrir más los ojos. Nuestra cara de sorpresa ha debido desplegarse a un nivel cuasicósmico. Creo que hemos preguntado como nueve veces si estaban absolutamente seguros del asunto. No es que queramos dudar, pero no le pega nada meterse en medio de una pelea en taekwondo si no es para repartir leña. Ya ha tenido más de un toque de atención y más de dos, porque es demasiado agresiva en el combate. Que sí… que ya ves tú qué combate será, si tiene cuatro años y pesa como 200 gramos, pero aún así, cada dos por tres tienen que estar controlándola y reteniéndola porque se pone en plan pulga-banzai y ya no hay quien la pare. Su maestro nos dijo que cuando fuera más mayor tenía que ir a competición porque esa garra había que aprovecharla. Yo procuré mantener la cabeza fría al respecto. Francamente, no me imagino a Jon aguantando impertérrito viendo cómo pegan a su niña sin moverse de la grada. Diez contra uno a que el primer combate ya terminaría en drama (esto es, Jon saltando al tatami y agarrando al enemigo de ambas orejas al grito de COMO LA TOQUES TE METO). Además, calculo que la María de 10-12 años ya pesará más o menos como un mapache (más o menos), así que igual deberíamos reconducirla por caminos un poco menos hardcore para los adversarios. No sé. Quizá taichi… yoga…

Ya. María saludando al sol a hostias. Sí. Yo también lo veo. No sé ni por qué lo he dicho.