Metamorfosis

Acabo de borrar un texto muy amoroso y muy cursi que escribí anoche en un ataque de vodkatonic. No sé qué nos pasa al vasco y a mí estos días. Estamos sumamente tiernos y pesaditos el uno con el otro en plan “cuelga tú-no tú” “qué guapo eres-pues anda que tú”. Así todo el rato con un in crescendo hacia última hora de la tarde-noche. No hasta el punto de dar asco, pero sí como para enmarcarnos con florecillas y unicornios y ponernos debajo un cartelito dorado que diga: Dos gilipollas. Bueno. Que no cunda el pánico. En breve descubrirá rayas de monopatín por el parquet del salón, o yo sabré que me ha tirado mi alijo de panteras rosas, y ya volveremos a nuestro status habitual de “te quiero, pero ahora mismo igual te estofaba.” O sea, lo que viene a ser una pareja de carne y hueso, vaya.

Anteanoche estuve colgando del cuarto de baño un totoro de plástico que compré en un chimpún, para poner nuestros cepillos de dientes, y recordé cómo era el piso de Jon cuando nos conocimos. Aquel de Malasaña donde me alquiló una habitación y terminó por comprarme una vida. Tenías que haberlo visto. Era impecable. De diseño y de distribución. Todo allí era caro y bonito. Sofá blanco de piel, alfombras tejidas a mano, mesa de forja y cristal, cuadros impresionantes, artesanías variadas de diversas partes del mundo… Yo siempre le decía “tu baño es como el de un hotel” y es que en verdad, lo era. Todo allí era ordenado, brillante, caro e impecable. Hasta las toallas y los jabones, perfectamente colocados en sus cestitas. No es que fuera el piso de un soltero. Es que era el piso de un soltero con pasta y buen gusto. Cuando entré por primera vez en el cuarto que me alquilaba, me hicieron los ojos chiribitas. El armario ocupaba toda una pared y era de esos de madera de teca, con puertas listadas. Y la cama. La cama era para tres yos, y tenía hasta uno de esos bancos tapizados a los pies, para descalzarte. Con el aseo igual de impecable. Mismas toallas, misma cesta de jabones, misma ducha abierta, separada por un murete de bloques de vidrio. La casa de Jon era perfecta en sí toda ella.

Y entonces llegué yo. Y conmigo mis totoros de plástico para cepillos de dientes, mi skate, mis concursos de saltos en el sofá, mis lemures a spray en la pared de la buhardilla, mis edredones de Buzz Light Year, mis cuatro millones de legos, mis sables jedis, mi colgador de zapatillas, mis paragüeros con forma de mono… “¿Te gusta? lo he comprado hoy.” “¿Qué es?” “Es un mono.” “Ya, pero…¿para qué sirve?” “No sé…¿para paraguas?” “Mh… puede ser.”

Y conmigo los gatos colgándose de los tapizados como si no hubiera un mañana. Y los perros entrando en la casa a tropel en patibarro grupal. Y luego los niños. María y sus veinte mil piscinas hinchables hechas trizas. Simón con la batería pimba-pachimba, caotizando sus bajos y sus guitarras.

En fin. Que Jon me conoció y se acabó para siempre el equilibrio de su entorno.

Yo le pregunto. “¿Te acuerdas de lo bonito que era todo a tu alrededor cuando yo no estaba por en medio?” y él mete los dedos entre los cojines del sofá, saca una palomita, la mira con extrañeza. Se la come. Me sonríe. “Bah… me gusta mucho más ahora.”