Jamás y nunca

Qué de cosas por contar y yo aquí de secano desde el… juevesviernesmiércoles o algo así. No sé por dónde empiezo. ¿Por la fiesta de Pedro? le regalamos el Planetario. Desde entonces ha pasado HORAS Y HORAS Y HORAS encerrado con él, encendiéndole, apagándole, apuntando números en su cuaderno, volviéndolo a encender… No sé exactamente lo que hace. Le pregunté ayer por la tarde y me miró muy serio: “si te lo explico no vas a entenderlo”. “¿Por? ¿tan complicado es?” Se encogió de hombros. “No. Pero es astronomía.” Yo me puse todo lo digno que pude: “Hombre… tampoco soy un zote. Algo entenderé.” Y él ni se inmutó. “Nah. No lo creo.”

Sea como fuere, debió rumiar con culpabilidad mi expresión de camello, porque esta mañana se ha ofrecido a hacerme una demostración de la órbita lunar en sus diferentes fases para el sábado. Yo he conseguido estar a la altura de la deferencia aproximadamente unos 13 segundos. Justo hasta que he dicho eso de: “¿y podré ver lo de las estrellitas en el techo?” Seguramente, hasta María hubiera sido capaz de dar una respuesta que sonara más inteligente. Pero bueno. Hijo, es lo que hay. Me emociono fácilmente con todo lo que sea luz y churiburris. Soy lo más parecido a un tití.

También tengo que contarte que ya soy el dueño oficial del Hoverboard que trajo Jokin de Nueva York (¿era Nueva York?). Ya quiso regalármelo una vez, y Jon se lo devolvió amablemente a la primera costalada (o a la cuarta, ya no me acuerdo) que me pegué, pero esta vez ha jugado la baraja de la emotividad y ha dicho que me lo regalaba por haber ayudado a Gustavo con lo de su padre. Y hasta me ha dado un abracito y ha dicho “eres un gran chico y un gran amigo”, así que Jon no ha querido ser otra vez el malo de la película, y el Hoverboard ha pasado a ser oficialmente mío. Cuando he vuelto de trabajar, Jon estaba paseando en él a María, llevándola de las manos por todo el salón, mientras ella se desmanganillaba de risa. Supongo que en su amor incondicional de padre insensato, la subió pensando que no corría ningún riesgo, porque una niña de cuatro años tamaño fraggel, y con hemiparesia, nunca sería capaz de manejar ella solita un hoverboard. Craso error. Ha tardado dos nanosegundos en aprender a ir en línea recta y como otros dos en aprender a girar. Y como pesa unos 200 grs. en canal, ha enfilado el pasillo a la velocidad de la luz, y hemos tenido que recurrir a placaje + recogida al vuelo para poder devolverla sana y salva a una superficie estable.

Así que nada. Jon ha vuelto a esconder el Hoverboard. No porque no se fíe de mí, o no se fíe de ella, sino porque no se fía de mí con ella. Dice que los dos juntos venimos a ser como los Bonnie and Clyde de los riesgos a la integridad física. Ya lo ves. Por un coche a pedales que despeñé, despeñacoches a pedales me llamaron. No sé cuándo demonios me indultará Jon de aquella pena. Intuyo que más o menos entre jamás y nunca.