Por ahora nada

No encuentro el hoverboard. Jon cada vez es más listo escondiendo cosas. Solo me queda escarbar en el trastero (léase “habitación del pánico”) y no es un sitio donde mole meterse en verano, así que es muy posible que María y yo no podamos patinar a lo eléctrico hasta finales de octubre, cosa que a mí me fastidia un poco los planes, y a ella le importa un cojón de mono (o de pulpo). María es de entusiasmos breves y seguidos. Ayer patinar era LO MEJOR y hoy LO MEJOR son los caminitos de hormigas que suben por uno de los palos de la verja. Les ha fabricado un puente de hojas y les ha puesto 2.356 minipellizquitos de sugus por el camino, en plan avituallamiento, así que probablemente de aquí a mañana seamos la única casa de la colonia que disfrute de hormigas con sobrepeso. Odio las hormigas, pero entiendo a María y sus entusiasmos-flash. El mundo está tan lleno de cosas maravipendas y fantabulosas, que es bastante complicado lo de centrarse en una sola más de un martes. Aún así, escarbaré un poco el trastero por si acaso tuviera un golpe de suerte y el hoverboard me apareciera en las narices. También quiero ver si encuentro la tiara de María. El tweet de una chica hoy me ha hecho recordar que la guardé por allí en algún montón y ahora creo que sería un buen momento para recuperarla, y distraer a María con algo que no sea romper piscinas.

Llegado a este punto me imagino que te estarás preguntando qué demonios hacía María con una tiara de strass. Pues nada. Exactamente, ponérsela a los perros. Por eso la guardé. Se la regalaron cuando fue niña de anillos en la boda de Jokin y Gustavo, para que la llevara junto con su vestido repollo, pero luego la dejó por ahí tirada en uno de los maceteros, hasta que la descubrió uno de los camareros del catering. La verdad es que a pesar de no llevarla, luego triunfó bastante como niña de anillos (sin tiara). Al menos hasta que llegó donde estaban los novios y le dio por enseñar las bragas a los invitados. Ahí ya el toque cuqui de su papel quedó un pelín desenfocado, la verdad.

Quince días para irnos de vacaciones. Estoy preocupado por el gatovaca, porque le tiene que pinchar mi cuñado pequeño y aunque es el hombre Zeta con el que mejor me llevo después de Jon, lo cierto es que para cosas importantes me fío de él lo justo.

Me veo como esas madres que ponen videocámaras en los ositos de peluche para pillar in fraganti a las niñeras chungas. Si no, al tiempo.