Jueves mejores

Ayer tenía que ir a un sitio de la Comunidad de Madrid a mirar unas listas. Cerraban a las 18:30. Yo fui (o volé) en moto, y en un paso de cebra, a cuatro esquinas de llegar, mientras estaba parado esperando a que cruzara una señora, un chico en una furgoneta me golpeó la moto por detrás. No fue grave. Rodé un poco por los suelos sin magullarme mucho y la matrícula y un lateral se me abolló algo. El chico me pidió perdón, muy alterado “joderjoderjoder…no te he visto” “Ya… pues no me he escondido ni nada…”, papeles-papeles “¿llamo al Samur?” “No, estoy bien” y ya. Pero llegué tarde y me cerraron la puerta en las narices. Puse cara de pena al guardia que me miraba detrás del cristal. “Solo quiero ver las listas, es un minuto. Es que me he caído de la moto…” Él me señaló el reloj. Ni moto ni pollas. A mi casa y a volver otro día. Mientras me ponía el casco, llamó Jon. “Que tengo que trabajar esta noche, te quedas solo al cargo de la tribu…” Vale. Bueno. Pero antes tenía que aprovechar el centro para ir al Primark a comprar cosas para la playa. Estuve una hora y media dando vueltas entre el caos. Pisando rebuños de ropa y niños tirados por las esquinas. Odio el Primark. Es un nido de gente apollardada que no tiene prisa por llegar a ningún sitio. Todos estorban. Todos se paran. Todos se ponen en medio. Odio, ODIO el Primark. Pero tienen camisetas a 2,50€. Mejora eso si puedes. Así me eché el casco al codo, y me recorrí el Primark de cabo a rabo, cogí todo lo que necesitaba para el verano de mi tribu, llené la cesta, y cuando noté que ya me dolían los pies, fui a la caja, hice una cola de 40.000 personas y justo cuando me tocó el turno, me volvieron a dar en los morros. “Se nos acaba de caer el sistema y no podemos cobrar con tarjeta. Pero si quieres le podemos guardar la compra media hora y va usted a buscar un cajero.” No quise, claro. Estaba en mitad de la Gran Vía. En mitad de una marabunta. En mitad de un universo colapsado. Simplemente no. Ya había gastado toda mi energía en no insultar a nadie. Dejé la cesta allí encima, me cagué un poco en todo y volví a mi moto abollada. Llegué a casa tarde. Dolorido. Sin listas. Sin ropa. Con dos horas y media menos de mi vida perdidas haciendo nada en ningún sitio. Hice la cena. Acosté a María. La acosté otra vez. Y otra vez. Y otra. Y otra. Y la última cuando ya me enfadé con ella. “Como te pille otra vez levantada, no me baño contigo en la playa.” “¿Y con quién te bañiarás?” “Con nadie. Me quedaré al sol hasta que me reseque. Me convertiré en una cagarruta en bañador y tendréis que rasparme con tu rastrillo de las rocas para que pueda volver con vosotros al hotel.”

Jon dice que no haga reír a María cuando tengo que demostrar que estoy enfadado con ella. Creo que es uno de esos buenos consejos que nunca tengo en cuenta. 

Llamé a Simón al campamento. Era tan tarde que ya se habían acostado y no pude hablar con él. Llamé a Jon. “Jon… todo me está saliendo hoy mal.” “Bueno, tranquilo. Mañana irá mejor. Estarás de vacaciones. Saldremos a tomar algo…” Ok. Cuando tú dices las cosas siempre parece que puedan suceder perfectamente. Es por eso por lo que te llamo. Saqué a los perros. Matraka no quería despegarse de la verja por si Simón aparecía JUSTO EN ESE MOMENTO. Matraka sin Simón no es Matraka. Pierde todas sus sílabas y ya solo una mancha marrón junto a la verja. Al final tuve que arrastrarle de la correa. Cuando llegué a casa, salía luz irisada de la ventana de Pedro (There’s a starman waiting in the sky). Eran las doce y mucho. Me acosté sin cenar. Cansado. Dolorido. Jodido. Frustrado. Ni pizca de hambre. “Solo quiero dormir y que ya sea viernes.” Me semidesperté de madrugada. Miré la luz del reloj. Las 3:00h. Dejé caer el brazo sobre el lado derecho de la cama. “¿Y Jon? ¿dónde está Jon? ah, sí… que le llamaron…” Me levanté. Me asomé. La luz irisada de Pedro seguía formando aguas en el marco de su ventana. Me volví a acostar. Desvelado. Las 4:00h. Las 4:30h. Las 4:45h. Las 5:00h. La ventana de Pedro se apagó. Las 5:30h. Mil veces mierda. Entré de nuevo en semisueño. Por fin. No pienses, Ariel. Fuera pensamientos. Vacía la cabeza. Solo duerme… duerme… duerm… Matraka aullando en la verja. Dosmil veces mierda. Bajé. Le calmé. Buen perro, buen perro, jodido perro, estúpido perro, porquéamí perro. Le rellené el cuenco de agua. Volví a subir. Mientras estaba subiendo la segunda pierna a la cama, sonó el despertador. A trabajar. Tresmil veces mierda.

Estoy seguro de que habré tenido jueves peores. Seguro. Y mejores. Mejores, ni te cuento.