Y… cuenta atrás

Mañana nos vamos de vacaciones. A las 5:00 salimos. Y volvemos el día 30. Ya sé que tengo un par de hostias bien dadas por aparecer aquí después de tantos días para decir únicamente hastaluego, pero es que ha sido una última semana de mucho stress pre-vacacional. Putearon a Jon en sus últimas jornadas de trabajo con horarios imprevistos e imposibles y yo tuve que hacerme con el control (esto es, poner cara de jefe y dejar que Pedro lo organizara todo) de una tribu un poco despiporrada por la cercanía playeril. Estoy más cansado que cuando aún no estaba de vacaciones, así que no estoy muy seguro de estar enfocando correctamente el asunto, pero bueno… creo que todo lo que tenía que hacer estos cinco días lo he hecho. Cambiar el aceite y los filtros al coche, organizar el cuidado de los perrosgatos, desenterrar las maletas, lavar y planchar 325 cestos de ropa, dejarme la paga extra en pienso para gatos diabéticos, comprar los bañadores nuevos, tirar los viejos, descubrir que tenemos demasiadas palas de playa, cerrar la matrícula de la uni, cortarme el pelo (más o menos)… check-check-check-check. Anoche No pude dormir sintiéndome culpable por mis perros y mis gatos, que se quedan de dueños y señores de la casa. Los dejo al cuidado de mi cuñado pequeño (lo cual nunca se sabe si puede ser un acierto o un desastre). Solo son diez días, pero aunque fueran diez horas, yo seguiría con esta angustia de mamma italiana. Espero encontrármelos enteros cuando volvamos. Y espero que Samu se acuerde de pinchar al gato cada 12 horas, entre novia y novia. Le he dicho “estate pendiente del whatsapp porque te iré preguntando por ahí” y me ha contestado “uf… tío, es que no lo miro mucho ¿eh?”

Vale. Ok. Es mi justo castigo por todas las veces que ignoro (e ignoraré) los constantes whatsapps del grupo de mis alumnos de danza. Justamente ese “uf…” es la respuesta que les daba a ellos cuando me preguntaban. El universo me pone en mi sitio. No deja de ser maravilloso.

Pedro está atacado y haciendo listas de todo, aunque no sé exactamente por qué, si su equipaje lleva hecho casi cuatro días. Encima de su cama hay una maleta pequeña, con la ropa IMPECABLEMENTE COLOCADA Y DOBLADA, una bolsa con sus zapatillas IMPECABLEMENTE LIMPIAS Y COLOCADAS y un neceser de cremallera con sus minibotellitas de champú, gel, desodorante, pasta de dientes, cepillo e hilo dental IMPECABLEMENTE ALINEADOS. Le digo por activa y por pasiva que vamos a un hotel de cuatro estrellas y que allí habrá de todo de eso, pero que aunque no lo hubiese, yo ya he previsto llevar de todo. Y entonces le señalo la bolsa caótica de plástico en la que he amontonado botellas de litro de champú y gel al alirón-chimpón, cremas, bronceadores, esponjas chungas, líos de bastoncillos, tiritas, cepillos con falta de púas, aspirinas caducadas y hasta un guerrero vietnamita que pasara por allí, y él mira mi caotibolsa, me dedica una mirada lúgubre y suspira: “prefiero llevar las mías.” Hemos cogido dos habitaciones, una para ellos tres y otra para nosotros (hola, sexo de verano) separadas por una puerta. Puedes imaginarte cómo será el armario de una habitación y el armario de la otra ¿no?

Nos vamos a un pueblecito amurallado de la Costa Brava. Jon ha elegido este año y ha querido hotel con pensión completa. Dice que ha sido un 2018 duro de trabajo y que le apetece no tener que pensar ni en dónde comer. Yo estoy contento. Calas de aguas verdes y cristalinas donde poder bañarte en bolas, vodkatonics, paseos, un poco de deporte y hotel tranquilo (bueno… o al menos tranquilo hasta que lleguemos nosotros). Creo que estaremos muy bien. Incluso a pesar de los cepillos sin púas.

Ea. Y YA TE CUENTO DESDE ALLÍ.