Olas de estas y de aquellas

Vaya horas para venir a escribir cosas ¿no? Bueno, solo un par de tonterías hasta mañana. De todas formas, no pasa nada si me dan las chimpún y media, porque desde que estoy de vacaciones no logro dormir del todo bien. Cojo el sueño a trompicones y me despierto a las 6:50h. En punto. ¿Qué coño pasa a las 6:50h? Le digo a Jon «Igual es que es la hora de mi muerte y he empezado a presentirla» y él levanta una ceja y contesta «uf… Ari eso es muy temprano para montar entierros. Tendrás que dejarme dormir un poco más.» Vale. Ok. Ríe, ríe. Fíate del diablo y no corras.

Vengo porque tengo ganas de escribir y tengo ganas de ser constante. Ya se me han pasado las ganas de estar callado. Ya ves. Lo bueno de los diarios es que se escriben por impulso emocional. Y lo malo… que se escriben por impulso emocional. Por eso vengo y voy y hablo y callo y subo y bajo y dibujo y borro. Todo yo soy un impulso emocional.

Los diez días en S’Agaró han pasado muy deprisa. Lourdes tenía razón, la bahía De Sant Pol era algo maravilloso y la playa de Sa Conca más maravillosa aún. Cuando llegábamos por la mañana, mientras todos organizaban el campamento de colchonetas, barcas, Marías, bronceadores y toallas, yo me metía en el mar rápidamente con las gafas de bucear y nadaba hasta la boya de limitación. Solían ser las nueve o nueve y media de la mañana, y por allí no se veía más que algún paddelsurfero despistado (qué pesada la gente con el paddle surf) así que era un mar casi para mí solito. Y allí, me colocaba las gafas y hacía zambullidas hacia el fondo rodeado de bancos de peces y aguas frescas, cristalinas y tranquilas. La sensación de mirar hacia los lados era increíble. Algo así como estar metido en una piscina gigante sin confines. Casi era como volver a estar metido en el mar de Maldivas, solo que sin el cague de que me mordiera el culo una cría de tiburón. Así que… creo que volveremos. Tenemos que volver.

Viene una ola de calor y nosotros vamos a huir a Zarautz a por nuestros últimos días de vacaciones, pero por desgracia la susodicha ola corre más que nosotros, así que un día o dos de infierno superbonito nos los vamos a chupar en nuestra caoticasa de Madrid. Odio las olas de calor. Llevo quejándome y anunciándolo desde hace lo menos tres días, como en el cuento de Pedro y el Lobo. «Viene una ola de calor, Jon…» «Jon, el jueves 39ºC con la ola de calor…» «Jon, vamos a morir…» Él ni se inmuta. Hace un par de horas ha querido salir a correr. «¿Y la ola de calor?» «No pasa nada, es de noche. Hace fresquito.» Le he acompañado. No sé qué me pasa últimamente con lo de correr, que me apunto a todas. Algo tramo. Aún así, he dejado alto mi pabellón de pesadito. «Mañana no ¿eh, Jon? que empieza la ola de calor…» «Vaya que no.» «JON QUE VIENE UNA OLA DE CALOR» «Bueno, pues dile que entre…»

Vamos a morir y él haciendo chistes. Así están las cosas. Mientras me ataba las zapatillas le he dicho a Pedro «me voy con él por si le da un chungo de calor. Que haya alguien para ayudarle. » Pedro me ha mirado fijamente y ha dicho. «¿Tú te crees eso cuando lo dices?»

Ay, nuestro Pedro. Con cada añito que cumple, más majo y certero.