Flautas y esguinces

Simón ha vuelto a esmorroñarse y se ha hecho otro esguince. Este menos importante. Cuestión de 12-15 días con vendaje y ya. De hecho, solo han pasado dos desde que se lo hizo, y ya camina por la casa zump-tronc-zump-tronc con ayuda de muleta, pero no puede mojarse la venda y no queremos hacerle la cochinada de tenerle en Zarautz castigado sin poder pisar la playa, así que… hemos hecho pacto de tribu y decidido por unanimidad postponer el resto de las vacaciones hasta que se recupere. Nos daba un poco de cargo de conciencia por los perros, que en todo el verano no han tenido más que monte (de casa) y asfalto, pero bueno… La verdad es que los tres son bastante budistas. Ya te los lleves en marzo o en juliembre, ellos siempre están felices de que lo hagas. O de que no lo hagas. Ellos siempre están felices, en general, salvo que María sople la flauta dulce o se termine el chopped antes de tiempo.

Bueno, si María sopla la flauta, lo cierto es que nadie puede ser feliz. La teníamos escondida bajo cuatro estratos de mierda en el desván, pero al buscar el hoverboard (que los del ala subersiva Zeta-Serlik aún no hemos encontrado, por cierto), la desenterré para ver si me acordaba de tocar “Pinoccio” y esa fue mi perdición. Ahora cada dos por tres, María busca la flauta (y lo que es peor, la encuentra) la agarra con las dos manos como si fuera la Tizona y mi tímpano un musulmán y se dedica a dar soplidos a lo halavenga, hasta los perros lloran, los pájaros caen de sus ramas y las mareas se retraen. Quiero volver a coger la puñetera flauta y esconderla de nuevo en el lugar de donde nunca debió salir, pero ocurre que mientras estamos en silencio se me olvida siempre, y no vuelvo a recordarlo hasta que no tengo incrustado otra vez el firuflí en el cerebro. No se puede ser padre y disperso. De verdad te lo digo. Para tener hijos… siempre concentrado. Como el caldo.