Los viernes de lunes

Por las mañanas cuando suena el despertador ya tengo que encender la luz para verme los pies ¿Lo ves? te lo dije. Días más cortos. Otoño is coming. Eso, unido a que ya no hace calor por la noche y que me puedo arrebujar contra el espartano, no ayuda nada a que me espabile rápidamente al primer timbre de despertador. De hecho este es el segundo día consecutivo en el que disfruto de un “cinco minutos más” que se convierte en un “NOMEJODASQUESONLASOCHO”. Desastroso. Hoy especialmente. He apagado el despertador, he acomodado la cabecilla un poco y pum. Dormido otra vez como un ceporro hasta que me ha despertado el gato chupándome una oreja, 45 minutos más tarde. En mi defensa diré que estaba soñando que me comía un gofre caliente con nata montada y chocolate (culpa de Jon K. que me tiene a verduras y avellanas y ahora mismo le pegaría un lametón hasta al mono de los chococrispies). Cuando tengo sueños bonitos me cuesta mucho lo de volver a la realidad. Y sin embargo, no te imaginas lo rápido que lo he hecho esta mañana, cuando me he dado cuenta de que llegaba casi una hora tarde a trabajar. He bajado las escaleras de cuatro en cuatro sin duchar, sin peinar (esto no se es que se note mucho) sin calzoncillos, con la camiseta del pijama y poniéndome una zapatilla a saltos mientras sostenía la otra con los dientes. Y así me he ido, todo lo recompuesto que he podido, haciendo molinillos con los brazos de quita-quita-quita mientras esquivaba Marías, Simones y Pedros por cada esquina. De hecho, todo mi desayuno ha consistido en morder una tostada al vuelo que me tendía Jon y salir con ella entre las mandíbulas, corriendo hasta el autobús.

Ahora estoy en el trabajo. Con los mismos pelos, la misma camiseta del pijama, los mismos huevos libres y la misma necesidad de gofres. Creo que huelo a choto. Me he puesto desodorante unas 28 veces, pero me sigo oliendo a choto. Creo que es por la camiseta de dormir. Tiene mi ph concentrado. Ya sabes. Ese olorcillo propio y peculiar que tu amante y tu mamá reconocen y agradecen, pero tu compañero de oficina no. Ese mismo.

Me queda aún una hora aquí. Con mi pijama. Con mis pelos. Con mis huevos-free. Con mis compañeros mirándome raro cada vez que me levanto.

Y yo sin patinete para huir deprisa de aquí. Mira… eso hubiera sido más importante que la tostada.