El chico uva

Nada, un día de pena. También tocan de vez en cuando. Teníamos planes para el fin de semana, pero no puede ser porque anoche reclamaron a Jon y ha tenido que irse a un sitio chungo. Más lejos de lo que me gustaría para agosto. Más lejos de lo que me gustaría para un viernes. No será por mucho tiempo y cree que volverá el martes-miércoles, así que no es para tanto. Y tampoco va a salir de una zona segura, pero hoy es un día cangrejo y en mis días cangrejos da igual que lo que pase a mi alrededor sea malo, bueno, o regular, porque me caerá a plomo de la misma forma. Así que… aquí estoy. Mirando mapas como un absurdo para ver si descubro que es PELIGROSÍSIMO QUE ESTÉ ALLÍ PORDIOS. Y por supuesto, descubriendo que no. Que no pasa nada. Que vuelve el martes y que ya está. Que lo que tengo que hacer es meterme en algún libro o alguna película, ponerme un vaso con algo de graduación, ocuparme de la tropa y… dejar que los días sigan caminando en línea recta.

No sé qué hacer con las entradas de teatro y con la mesa reservada para mañana en el sitio oscuro desde donde mejor se oye el piano. No se me ocurre nadie que pueda acompañarme y esté autorizado a beber alcohol. Todos los adultos que no fliparían si les llamara, están ahora mismo de vacaciones. Pero ya tengo pagada a la canguro, así que igual mi única opción es ir solo y rememorar aquellas épocas en las que lloraba en el cine viendo Up con la sola compañía de los ositos de goma.

Hoy no me dejan en paz en el trabajo. No he podido dibujar, no he podido robar lacasitos a la máquina, no he podido quedarme absorto con cara de pingüino, mirando a las musarañas… Eso tampoco contribuye mucho a sacarme de mi día de cangrejo, la verdad. No estoy seguro de que esta nebulosa tonta sea solo porque Jon se haya tenido que ir. Anoche estuve un rato largo tumbado en la hamaca del jardín mirando las ocho estrellas fijas de los cielos de mi infancia. Y me acordé de la roca, de Cefalú, de Concetta, de los cannoli, de la parra de la abuela Agra… Anoche ya me barruntaba el cuerpo melancolía.

Mi abuela solía poner bolsas de plástico cubriendo los racimos de uvas en la parra, para que pudieran madurar sin que se las comieran antes los pájaros. Creo que es una alegoría perfecta de lo que voy a hacer yo conmigo mismo, este fin de semana. Meterme en una bolsa de plástico y llegar maduro al lunes, sin que me coman antes los pájaros.