Lunes de Houdini

Bueno, siéntate que te cuento cosas.

Me he vuelto a dormir. Culpa del gatovaca. Me ha despertado cuando no debía porque tenía hambre, pero está muy especialito con los celos desde que hemos acogido (temporalmente) a un conejo outsider, así que he decidido hacerle caso y levantarme a llenarle el plato, antes que exponerme otra vez a una de sus meadas-protesta en mitad de mis territorios (esto es, buhardilla, armario, mesa de trabajo, barra de ensayo…). Ayer se meó en el futón de mis siestas Le dije muchas cosas y ninguna bonita (al gato, no al futón). Desarmar las fundas del futón es un gran, gran coñazo. Las cremalleras se atascan y las arandelas del encaje nunca coinciden con los agujeros de la tela (gracias, Ikea). Eso sin contar con que la madera puede pasarse fácilmente 38 meses oliendo a meado. En fin. Decidí no matarle. Tampoco es del todo culpa suya ser un gato paranoico.

Lo del conejo outsider te lo cuento después. Espera.

El caso es que el gato me ha despertado y Jon estaba guapo durmiendo. Jon es más sexy dormido que despierto. No me preguntes por qué demonios. Creo que es por esas posturas que adopta, con el brazo en alto, doblado por detrás de la nuca. O por los labios cerrados. No conozco a ninguna otra persona que duerma con los labios cerrados. Y eso es un punto, porque te evita la característica expresión bovina de belfo colgandero, claro… El caso es que le he despertado queriendo sin querer y como teníamos unos veinte minutos de margen antes de que me tocara conquistar la ducha, pues… eso. Los hemos gastado en cochinadas. Y luego nos hemos dicho “venga, dos minutos y nos levantamos.” Y ya. Coma directo, y fritos como dos piedras. Cuando he abierto los ojos había pasado casi una hora.

Odio que me pase eso, de verdad. Pero sobre todo odio que me pase un lunes. Yo soy de rearranque lento. Gasto los domingos aclimatándome para los lunes. Esto es así. Hace milenios que no uso un domingo para nada que no sea prepararme para el lunes. No solo a nivel de infraestructura de ropa, comida, etc. ni siquiera a nivel físico  de dormir para el madrugón, no… A nivel mental. Necesito esas 24 horas para asumir que se acaba la diversión y empieza el deber. Por eso odio que me pongan compromisos los domingos. Yo los domingos no salgo. No trabajo. No dibujo. No escribo. No vivo, en general. Solo me despanzurro como un gato. Y el lunes por la mañana me gusta ir despaciiiiiiiiito… ducharme laaaaaargo… desayunar tranquiiiiiloooooo… Así que imagina lo chupi que me ha sentado empezar la semana corriendo por el patio otra vez para coger la moto atándome una zapatilla a la pata coja, mientras sostenía la mochila con los dientes. Tanto que llevo una hora en el trabajo (o 45’ si restamos los 15’ minutos de mirada rencorosa que me ha dedicado mi jefe por encima del bigote) y no he hecho nada más que ponerme a escribir este post.

Pinta un buen lunes, sí.

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Asunto del conejo outsider: No sé de quién es el conejo. Lo encontré el viernes en el garaje, cuando iba a coger la moto. Creí que era un conejo de monte, porque era pardusco y a esas horas de semana estoy un poco empanado, pero intenté devolverlo al monte varias veces y el animal volvió a seguirme como un perrito. Eso, junto con otras pruebas irrefutables, como dejarse coger y tener un poco de obesidad conejil mórbida, me hicieron llegar a la conclusión (yo lento pero seguro) de que en realidad era un conejo doméstico y que se habría escapado de algún sitio. Lo primero terminó siendo obvio. Lo segundo ya no tanto, porque hemos recorrido todas las casas de la colonia y allí ni dios se ha reconocido como dueño del conejo. Así que nuestra nueva conclusión es que alguien, harto del (probablemente) precioso conejito de los niños que se convirtió en una bola de cagar con orejas, con sus santos huevos ha metido al bicho en el coche y lo ha dejado en mitad del monte, para que se busque la vida. Igual que los gilipollas que dejan las tortugas en la fuente de Atocha. Lo mismito. Consideran que cualquier animal puede sobrevivir en cualquier medio y hala. Hasta luego lucas. Calman el hambre de su conciencia con putos caramelos de limón.

Sí… se me nota un poco la ira furibundiosa con este tema. Perdona. ¿Ves cómo no me sientan bien los lunes sin climaterio?

Por ahora nos quedamos el conejo. Estoy intentando buscarle hogar. Si no se lo encuentro pues… pues no se lo encuentro y tendrá que quedarse en el que está. En el monte le pegarán un tiro o lo reventará un perro, así que tampoco es que tenga ahora mismo muchas opciones. Le he llamado Houdini Pelotas. Lo primero porque tiene un arte inusual en escaparse de todos los putos sitios sin despeinarse las orejas, y lo segundo porque tuvo un escroto marmóreo cuando se metió en la verja y cruzó el patio entre los tres perrazos ladrándole guaj-guaj-guaj como si no hubiera un mañana. Ahora ya no le ladran. Solo le miran pasar con cara de “maremía… otro zumbao más al club.” Y los gatos… pues ya te he contado cómo lo han recibido. Con vítores, pasotismo y meadas.

Creo que cada vez somos una tribu más disfuncional. Lo cual tiene su lado entretenido, si lo sabes mirar constructivamente.

Ahora sí. Tengo que trabajar. Vete, vete, vete… Luego te dibujo algo. ¿Vale? ¿sí?