Bicis y linazas

Me bajé los análisis del laboratorio y son la hecatombe hecha folio. El verano me ha ido fatal. Peso cuatro kilos menos y tengo alto el colesterol, la glucosa, las plaquetas, bajo el hierro, el potasio… Soy un festival de rojos y de warnings. Jon K. se ha arremangado las mangas de la camisa y ha dicho “hasta aquí” así que ahora me espera un páramo de comidas y meriendas maravipendas y fantabulosas de color verde-gris-caca-de-vida. Hoy en mis tupperwares había unos filetes de lomo de cerdo y una cantidad desproporcionada de brócoli, coliflor y zanahoria rehogada. Y arroz blanco con nada. Y queso. Y quark. Y frutos secos. Y melocotones. Y un botecito con semillas de lino y un papel de instrucciones superfáciles que NO-HE-SABIDO-SEGUIR, porque en vez de moler las semillas con un minimolinillo que me había metido en el bolsillo de la mochila (Jon K. está bastante pirado a veces. Eso le añade encanto), he malinterpretado la información y las he puesto antes en remojo dentro del bote, formando una especie de moco repugnante que en estos momentos sigue ahí, creciendo y mirándome desde el cristal con aspecto amenazador.

No me preguntes por qué he echado agua donde me decía que moliera. No me lo preguntes. No lo sé. Me he liado entre lo que me decía él, lo que me decía google y lo que me decía twitter. El caso es que ahora tengo un bote de moco y ningún polvo de lino que echarme al queso fresco. Y un vasco que se descojona a mí costa mucho y bien. Menos mal, porque podría perfectamente haberse cabreado conmigo y haber venido hasta el trabajo a meterme cucharaditas de moco de lino por los agujeritos de la nariz. Sobre todo porque anoche tuvo guardia y con mi circo semillero no le he dejado dormir en paz más allá de cinco horas, lo cual no es precisamente como para lucir con letras de oro en mi lista de méritos matrimoniales, claro.

Peyote ha dejado de mearse en mi futón y lo ha cambiado por esconderse debajo de las 250 bicicletas viejas que aún amontono en el garaje debajo de una vieja funda de coche. Cada mañana es un festival de diversión sacarle de ahí para poder pincharle la insulina. Y lo peor es que tengo que hacerlo yo solito y de incógnito, para que Jon no me mire levantando su ceja del mosqueo y me diga “¿Te refieres a esas mismas bicicletas que tenías que haber llevado al punto limpio a lo largo de hace ya cuatro años?”

Reconozcámoslo. En realidad hay muy pocas cosas que yo pueda lucir con letras de oro en mi lista de méritos matrimoniales.