Pasillos

Hace una semana que estoy mudo. Luego cuando se lee esto en perspectiva, hay huecos, lagunas, cosas a medias… soy muy caótico escribiendo. Y viviendo en general. Desde la última vez que asomé me ha dado tiempo a ir a París, a coser etiquetas con el nombre al revés en todas las prendas de María, a joderme un codo por hacer el mandril con el patinete eléctrico, a dormir con fresquito, a tener mi primera clase de danza, a empezar la universidad. Muchas cosas de las que hubiera tenido que hacerte apunte, y que ahora mismo no encuentro el sentido de contarlas. Estoy pensando en volcar todo este blog en formato libro, para que sea más fácil de leer, y se me ocurre que lo correcto sería rellenar los huecos que dejé por el camino con todo lo que vaya recordando, pero es complicado. Precisamente yo empecé a escribir cosas para poder permitirme el lujo de olvidarlas. No sé si tengo capacidad de volver sobre mis pasos. Probablemente no. Además, le prometí a Jon que este año autoeditaría los diarios de mi infancia. Y “este año” ahora mismo son tres meses, así que… o me empiezo a sacar horas de la manga o veo que ni una cosa, ni la otra.

Sueno algo atacadito ¿no?

Bueno. Supongo que hoy es el día para que todo me rebose por las orejas. He empezado las clases en la facultad y estoy un poco sobrepasado. Durante seis horas, he sido Houdini Pelotas cuando entró el primer día en mi garaje. Seis horas con expresión de nada, sin saber para dónde iba, con quién tenía que hablar, ni qué coño tenía que hacer, y todo eso entre grupos de personas felices e integradas que parecían conocerse los unos a los otros con absoluta perfección. Estoy oxidado y disperso. No me quedo con ningún dato, no recuerdo ningún nombre y todo el mundo parece mucho más espabilado y más aclimatado que yo. He tenido ganas de lanzar todos los papeles al aire con un ALAMIERDA y salir corriendo hacia el autobús unas… cinco veces. Y otras tantas he deseado encerrarme en uno de los váteres a respirar en una bolsa, y no salir hasta medianoche. Pero no puedo hacer ninguna de las dos cosas, porque:

1. Esto me ha costado una pasta.

2. Siempre llegará el momento de volver a mi guarida.

3. Todos los pánicos de esta vida son perecederos y dejarse arrastrar por ellos es perder tiempo y energías como un gelipollas.

Así que nada. El día de hoy lo consideraré como una especie de pasillo entre el domingo y el martes, de esos que recorres sin que importe demasiado, para llegar a las habitaciones verdaderamente importantes. Y si mañana se repite el desastre emocional, lo veré como un pasillo entre el domingo y el miércoles. Y si se repite pasado, como un pasillo entre el domingo y el jueves. Y así estaré raspando gravedades, hasta que llegue el día en el que piense “mira, hoy mejor” y ya me sienta menos absurdo, menos desubicado, menos estresado y… menos yo.