Craj

Segundo día. Hoy peor. Casi siento alivio cuando llego al trabajo y veo refulgir la calva de mi jefe. Al menos es una mierda familiar. No me quiero dejar llevar por lo funesto, porque sé que la adaptación no es cosa de un día, ni de dos, pero todo se me hace extraño. Hasta para las sillas de la cafetería me falta culo. Aún así he logrado hacer contacto (dicho así, como el extraterrestre que soy) con un chico de la clase. Hemos compartido ideas y charlado un poco sobre lo perdidos que estábamos ambos. Al principio me ha caído muy bien porque parecía un tipo extraño y me siento cómodo en el lado de los desheredados, pero luego por hacerme una broma ha dicho que yo aparentaba quince años y ya se ha llevado por delante todo mi entusiasmo inicial. Ahora no me cae muy bien. Ni muy mal. Ahora no me cae. Pero intentaré seguir en contacto mañana, porque en realidad no es culpa suya, sino mía por estar en fase cristal y que cualquier mínimo roce me haga craj. Creo que necesito con urgencia que vaya llegando Octubre. O Noviembre. O el 2019. Aunque… mi frigorífico nuevo tardó 24-48h. en ajustarse y empezar a enfriar de forma normal. Tampoco puede ser que yo tarde más que un frigorífico.

Esta tarde tengo que dar clase, así que hoy llegaré a casa a las diez y media largas. Jon me ha comprado una bolsa nueva para que guarde mis zapatillas. Me pasé todo el curso pasado dando la clase descalzo, porque era incapaz de encontrar las dos zapatillas a tiempo en el caos de mi armario, así que ahora tengo una bolsa para dejarlas siempre juntas y no volver a ser ese profesor que les dice a sus alumnos que las zapatillas son imprescindibles y obligatorias, mientras pasa los pies desnudos por la resina con sus santos huevazos.

Me encanta la bolsa nueva. Tiene una cremallera y lleva unas converse rojas dibujadas. La bolsa, los almuerzos sin grasa, el diamante negro al cuello, el bolígrafo seiscolores de María… Voy rebozado en cariño ajeno. Si lo piensas realmente, es bastante estúpido que algo en esta vida pueda hacerme craj.