Defecto o virtud

Ayer, mientras apagaba las luces y recogía el aula, uno de mis alumnos se acercó y me pidió si podía cruzar conmigo la plaza porque vivía a dos manzanas y había dos chicos siempre en uno de los bancos que le insultaban y le llamaban maricón. Me lo dijo así. Tal cual. Con los ojos muy abiertos y sin pausa para respirar, así que intuí que se había pasado toda la clase pensando en cómo coño me lo decía para no sonar ni angustiado, ni estúpido. Me jodió muchísimo el asunto. Crecí en centros e internados y toda la miseria del mundo siempre me suena familiar. Así que me pudieron las ganas de ganar batallas ajenas, y llamé a Jon. “¿Quieres ayudarme a asustar?” “POR SUPUESTO.” Sabía que sería un sí o sí. Una de las aficiones favoritas de Jon es escarmentar homófobos por donde pisa. En realidad, a veces pienso que todo él es una especie de compensación de la naturaleza para poner las cabezas estrechas en su sitio. ¿Los maricones no sabemos pegar? ¿somos débiles? ¿no nos enfrentamos? Pues ahí te dejo al espartano. Cuéntaselo a él.

Estaba aún en el centro, así que no tardó ni veinte minutos en llegar. El chico le recibió avergonzado. Le dio un toque en el hombro “tú la cabeza alta ¿eh?” Me enamoró un poco. No es muy habitual encontrarte a un macho alfa que quiera bajar a pisar tu terreno.

Salimos. El chaval delante y Jon y yo un par de metros por detrás. Como si fuéramos con él, pero no fuéramos. Los dos del banco eran lo que esperábamos que fueran. Dos imbéciles imberbes de peinado clónico y altavoz en el móvil con la última mierda sincopada. El chico pasó con la cabeza baja. Vi que bajaba un poco la mochila para taparse las mallas. Lo supuse como un gesto mecánico de defensa por cada una de las veces que había pasado por ese banco y me cabreé. Le di un toque a Jon en el brazo. Uno de los dos clónicos se levantó del banco y dio dos pasos en dirección al chico e hizo ademán de ir a escupirle y el que estaba sentado dijo una frase de la que solo entendimos la palabra “bujarra”. Jon cogió al que se había levantado de la capucha de la camiseta y lo sentó de un tirón. Nos miraron con expresión de desconcierto. Mientras, yo tuve que dar una pequeña carrera para frenar a mi alumno, porque seguía avanzando a toda mecha, supongo que también como gesto mecánico de defensa habitual. Jon creció como un bulldozer. Siempre lo hace cuando se enfada (que afortunadamente son pocas veces o ninguna). Le bastó una amenaza seca, concisa, directa y breve. Fiel a su costumbre, ni siquiera levantó la voz, ni movió ni un músculo. Solo pegó su cara a la del chico. “¿A quién has llamado bujarra?” Se descolocaron. Tartamudeos, frases entrecortadas, negaciones, desconcierto… Querer mantener el tipo cuando ya te has dado cuenta de que te has vuelto una mierdecilla en la viñeta. Jon señaló a mi alumno. “Quédate con su cara ¿Le has visto bien? Pues estoy en contra de la violencia, pero como vuelvas siquiera a respirar en la misma dirección que ese chaval, te hago un nudo en los huevos y te los ato al banco. ¿Me has entendido bien o te lo escribo?”

Debí de poner una cara de lemur interesante. Nunca soy capaz de anticiparme a su nivel de macarrada. Pero funcionó. Los dos matones se encogieron, se mimetizaron. Sin moverse, desaparecieron del paisaje. Llegamos hasta el portal de mi alumno. Iba feliz, nervioso y exultante. “TÍOS-TÍOS-QUÉ CARA HAN PUESTO-TÍOS-QUÉ FUERTE-TÍOS-QUÉ FUERTE…” Jon iba tan pichi, contándonos que por allí había un japonés donde se comía muy bien. Calculé a ojo que faltarían unos 45 minutos para que se olvidara absolutamente de todo el asunto y pasara a otra cosa mariposa. Siempre es así. Levanta o aniquila, y luego sigue viviendo tan campante. Para Jon nada es grave ni importante. Como virtud o como defecto, es así. Lo que para ti es un acontecimiento vital, para él es un instante de la vida que desaparece y listo.

Mi alumno ha pasado toda la noche y parte de la madrugada haciendo loas a la hazaña como un juglar, en el grupo de whatsapp. Aún esta mañana coleaban respuestas festivaleras y emoticonos nerviosos. Me he cruzado con Jon, que venía de entrenar, cuando iba hacia la ducha. “Hey… Estaba pensando que anoche igual te pasaste un poco de macarra con esos chicos ¿no?” Él me ha mirado con sorpresa. “¿Con qué chicos?”

Como virtud, o como defecto. Pero así.