Voy por orden (sin concierto)

Jon tuvo anteanoche un visitante de dormitorio. ¿Sabes qué es un visitante de dormitorio? un espectro que se te aparece entre el sueño y la vigilia a los pies de tu cama, para mirarte mientras duermes (o despiertas). A Iker Jiménez le gustan mucho. Creo que les dedicó una vez una sección de su frikiprograma. Por supuesto, obviando el origen neurológico real, y achacándolo todo a un hecho de fantasmismo sobrenatural e inexplicable. Iker es así. Mitad se lo cree todo, mitad necesita que tú te lo creas porque si no, no ganaría un puto duro el pobre. La cruda realidad es que los visitantes de dormitorio no son más que alucinaciones visuales que nuestro cerebro nos regala en el estado hipnótico entre el sueño y la vigilia. Suelen estar causados por la basurilla de nuestra psique (stress, preocupaciones, obsesiones, falta de descanso…) y no tienen ni 15 gramos de hecho sobrenatural. Por eso desparecen en cuanto parpadeas dos veces y por eso, precisamente, se llaman “de dormitorio.” Lo malo del asunto es que en vez de tenerlo yo, lo tuvo Jon. Porque de haberlo tenido yo, la cosa se hubiera saldado con un AHIVADIÓS, un par de volatines, una escapada de corazón por la boca y un triple mortal contra el armario, pero al tratarse de él, la reacción ante el susto no fue la misma. Él abrió los ojos, vio a un tío con lo que parecían dos niños mirándole al pie de la cama y lo que pensó no fue “fantasmas” sino “intrusos”. Y lo que pensó no fue “joder qué miedo” sino “te vas a cagar”. Así que directamente y en un nanosegundo (pero nanosegundo de cronómetro) se levantó como un resorte, cogió el bate de baseball que tienen en el rincón de la pared y empezó a gritos por la habitación HIJODEPUTA-TUPUTAMADRE-VENAQUÍ-VENAQUÍ, mientras yo procedía a la reacción consecuente de ahivadiós-volatines-corazón por boca-triple mortal contra el armario, con lo cual… al final no nos libramos ninguno de los dos. Veinte minutos después, todavía estábamos ambos recorriendo toda la casa en calzoncillos. Él blandiendo el bate con ojos de cacería y yo detrás diciendo “que no hay nadie, Jon… que ha sido una alucinación hipnagónica… hipganópiga… hipna… que ha sido una alucinación.”

No me quejo demasiado. En realidad doy gracias a Belcebú por seguir vivo escribiendo esto sin ningún traumatismo craneoencefálico que lamentar. No obstante, lo único más arriesgado que despertar de una pesadilla a un hombre enfurecido, es despertar de una pesadilla a un hombre enfurecido de 100 kg. y agarrado a un bate de baseball.