Saltos, Palomas e hipotálamos

Ya hace fresco por las mañanas. Ya se me quejan los dedos de los pies descalzos por el pasillo y ya se me erizan las tetillas desde el algodón de las camisetas. Pero tengo estos días el termostato estropeado por culpa del hipotálamo (again) y mi vida es una sucesión de ay qué frío/ay qué calor. Paso de tiritar a sudar como un pollo en cuestión de segundos y me convierto en un compañero de cama muy divertido con el “colcha para arriba / colcha para abajo”. Eso sumado a que también se me han jodido los niveles de melatonina y puedo llegar a despertarme hasta cinco veces por noche. De momento Jon tiene paciencia. No le queda otra al pobre. Le he dicho que no me importa irme a dormir al sofá hasta que la cosa se me vuelva a regular, pero me ha respondido que los cojones. Que esto es un “en lo bueno y en lo malo” y que la cama es de los dos. Pues nada. Bienvenido a lo malo, espartano. La endocrina me ha mandado unas pastillas con forma de obús (que valen un cojón de mono calvo) para intentar regular lo del sueño. Las probé el sábado y dormí el domingo hasta las 22:45h. Con frío-calor-calor-frío, pero dormí. Así que mira… por lo menos seré un chungohipotalámico descansadito. Hasta que me saquen toda la analítica hormonal y me ajusten el resto, intentaré sobrevivir a base de ir por ahí en anorak y chancletas. 

Ayer tuvimos a Paloma, la de los reflejos rojos en el pelo, comiendo en casa. Intentamos ser formalitos y no avergonzar a Pedro. Nos salió así-así, pero bueno, al menos no la asustamos demasiado. Creo que Pedro está más colgado de ella que un babuino. La chica parece muy buena persona, pero le noto algo. Quizá un asperger muy, muy leve. Desde luego no al nivel de Pedro, pero algo hay en su cabeza pelirroja. ¿Fobia social? si es así, nadie va a respetarla más que yo. Parece cómoda con Pedro y Pedro parece cómodo con ella. Ya lo ves. Puedes ser el humano más multiforme del mundo, que siempre habrá otro más multiforme que tú, dispuesto a adaptarse a tu espacio. En realidad, lo único jodido del asunto es cruzarte con él en esta vida.  

El sábado salté en paracaídas por segunda vez con los hermanos Zeta y con una novia recién llegada al clan, que (creo) todavía no sabe muy bien dónde se ha metido. Como aquel ya era mi segundo salto, todo el mundo estuvo muy pendiente de la chica novata (que del puro miedo que llevaba vomitó nada más pisar tierra aún con su monitor enganchado, la pobre) y a mí me dejaron bastante en paz, así que pude disfrutar de mi terror yo solito conmigo, como un campeón. Esta vez no abrí los ojos cuando Jon me descolgó desde la portezuela antes de saltar. De hecho, ni siquiera los abrí antes, mientras avanzábamos hacia ella. Según despegaba el avión y empezaba el puto ruido infernal, le dije a Jon “hazte a la idea que desde ahora llevas en el arnés un bebé gigante” y él sonrío con sus dientes blanquísimos y dijo “¿y no es así?” En condiciones normales le hubiera trincado los huevos y le habría hecho un raca-ñaca, pero en esos momentos de pánico-avión a lo máximo que llegué fue a esbozar una sonrisa criogenizada de Martin Landau y a soltar un sonidito gutural tipo gulg gulg gulg que venía a querer expresar un “ya rendiremos cuentas abajo, mamón”.

Luego no lo hice, claro. No puedo enfadarme con Jon cuando hace cosas bonitas, como sonreír con dientes blancos y no dejarme estampar contra el suelo desde 4.000 metros de altura.