Be continued

Tengo que escribir. No debería, porque si estoy aún maquetando todo lo anterior y encima me pongo a añadir más, esto sí que es Historia Interminable y no la de Michael Ende, pero es que si no escribo y libero pensamientos, termino con el corazón como una cafetera. Así que tengo que escribir. Pondré un “continuará…” en la última página y halatirando. Chicos imperfectos necesitan libros imperfectos.

Los análisis de sangre me salieron catastróficos (qué novedad). Tengo cita con la doctora después del puente. Mientras, Jon K. me ha tirado a la basura todas mis golosinas <insertar emoticón de tristeza> y ha cambiado nuestro planning familiar para que NUNCA me toque a mí preparar los tuppers del almuerzo <insertar emoticón de buenoesotampocoestátanmal>. No se fía un pelo de mis menús. No le culpo. Son muchos años de verme mojar patatas fritas en nocilla. Ahora compra kilos enteros de verduras anticáncer y me las enchufa en el almuerzo día sí y día también, como si no hubiera un mañana. Y por supuesto, adiós a los huesos de santo y a los buñuelitos de nata del día de los muertos. Toda mi juerga hasta fin de año consistirá en media piña a media tarde y una taza de avellanas crudas. Alegría, alegría y Pan de Madagascar (siempre y cuando no lleve azúcares). Por ahora obedezco y no me quejo. No es que me apetezca mucho lo de quedarme sin dedos gordos del pie a los 50 por culpa de la glucosa. Además, vuelvo a estar demasiado flaco. Lo sé porque cuando me río en el espejo, ya no hay mofletes. Solo ojos y dientes.

Y hablando de dientes… se me ha roto un trozo de la última muela de abajo. Masticando quicos (hablando de chicos que se cuidan). Ahora tengo que ir al dentista y vivo sin vivir en mí. No por el daño, que nunca será nada que me mate, sino por el pastizal. Muela rota = endodoncia + reconstrucción = tres próximas pagas extras y cuarto y mitad de las no extras. Todo eso antes de Navidad y del viaje a La Antártida (¿te he dicho que me voy a La Antártida?). Jon se enfada conmigo cuando le cuento todo esto y le dijo que voy a esperar hasta después de Navidad para ir al dentista. Levanta una ceja y dice: “Después de mis cojones.” Jon siempre hace alusión a sus gónadas cuando quiere insertar un punto y final, pero conmigo no suele funcionar mucho, porque ambos sabemos que en nuestra relación, yo siempre soy punto y seguido. A pesar de eso, lamento la puta suerte de haber estado con él cuando me comí los quicos con tropezón de muela, porque ahora no puedo escabullirme de cada “¿has llamado ya al dentista?” diario y vespertino. No sé cuánto podré prolongar la cosa. Ha empezado a dolerme cada vez que me enjuago. El maldito nervio debe estar asomando ya la cabecita por entre el hueco, ansioso por ver mundo.

No sé qué demonios se comerá en La Antártida, pero espero que sea blandito.