Lavadoras

Hola, libro de nepomundos. Lo siento, libro de nepomundos. Tengo que seguir escribiendo, libro de nepomundos. Si no, no me desestreso, libro de nepomundos.

Se nos rompió la lavadora. Solo tenía 26 años, así que igual ya le tocaba descansar un poco y escupirnos algún que otro calcetín. Jon compró otra, pero como esto es el siglo XXI y no hay tiempo para perderlo pateando tienda, la compró online. Alemana. Gigante. Con luces, chispas y retropropulsor. Muy guay. Pero sucedió que las medidas no se ajustaban a lo que ponía en la web y al colocarla en su sitio no podíamos cerrar la puerta. No fue culpa de la lavadora (ni de Jon). Lo cierto es que para lo grande que es la casa y la tribu, precisamente la lavadora dispone de un espacio muy pequeñiiiiiiiiito. Dentro del cuarto de baño de abajo. Nos lo encontramos así, y nunca nos apeteció cambiarlo. Quizá cuando venga otro habitante más, pero por ahora… ahí se queda. Así que vino el señor con nuestra lavadora germana maravipenda y fantabulosa, la bajó del camión, la instaló, se llevó la otra y oh… la puerta del baño le daba tonc-tonc-tonc.

No entramos demasiado en barrena. Estamos acostumbrados a improvisar en las catástrofes desde que tenemos una niña vikinga, así que tramitamos la devolución de la lavadora, compramos otra y ea. Ahora estamos en proceso de que vengan a recogerla y nos dejen la sustituta. Que no es germana, ni superguay, ni tiene luces y chimpunes, pero nos cabe.

Estamos un poco tristes por perder la lavadora-sputnik fantabulosa, porque ciertamente la que vendrá a sustituirla nunca será igual. Para empezar tiene ruedita risqui-risqui y no botoncitos pip-pip-pip, como esta. Y no te dice cuánto tiempo le queda de lavado, si va a llover, o si tienes que meter vaqueros o bragas. Ni siquiera hace los centrifugados espaciales al ritmo sincopado del siumsiumsium como un Nostromo de cuatro patas. Así que ahora aprovechamos a tope el poco tiempo que nos queda de estar con nuestra lavadora cósmica, y lo lavamos todo en su tambor gigante. Todo. Pantalones. Zapatillas. Colchas. Mantas. Fundas de sofá. Peluches. Señores de Logroño que pasen por allí. Todo. Todo para nosotros es un motivo de “VAMOS A PONER LA LAVADORA ESPACIAL.”

Jon dice que si confiamos en la ley de Murphy, será muy probable que nos traigan la otra lavadora risqui-risqui, sin que hayan recogido aún la Nostromo, y que por no tener suficiente espacio, nos encontremos en la misma semana y el mismo baño con las dos lavadoras al alimón. Y yo pongo ojos de pánico momentáneo. Solo durante un segundo. El justo antes de acariciar la superficie metálica de nuestra lavadora cósmica nostromo espacial de ricos y decir “ay… ojalá…”