Ruido

Tengo veinte minutos de sobra, así que voy a comerme la piña aquí sentado en mi mesa inservible de profesor que no escribe nada, porque comérmela en el metro tampoco es algo que me motive mucho, y hoy estoy un poco melancólico y un poco enfadado conmigo mismo. Sin motivo. O al menos sin motivo de peso, salvo que tenía que haber ido a la facultad estos dos días, y no lo he hecho. Marcos me ha pasado un poco los temas que han estado tratando y no me he enterado de nada, así que esta noche me fustigaré, y mañana por la mañana retomaré el ritmo de clases. Había dejado todo cogido con pinzas en plan a-mí-plim, pensando que el lunes tomábamos un avión que nos llevaría al culo del mundo donde no tendría que ser consciente de nada en siete días, y ahora que ya ha cambiado el paisaje, será mejor que espabile y me baje al mundo con los dos pies, porque se aventuran cosas que me caerán encima como piedros. Los cambios del blog, los libros, los dibujos, los exámenes, las elecciones sindicales, el hospital. Ahora mismo tengo pensamientos de los que ensucian la cabeza. Lo sé porque vuelvo a despertarme tres o cuatro veces por noche y a no poder volver a coger el sueño fácilmente. Bien. Bueno. No pasa nada. Para empezar es de noche ahora mismo y cuando es de noche, todo me parece mucho más grave. Odio la noche. De verdad, la odio. Es un poco mierda esto de ser un chico que necesita inviernos y a la vez necesita luz. Soy mucho más feliz y pragmático cuando la luna no se ve. A estas horas es cuando ya empiezo a arrastrar el corazón por las esquinas. Y bueno… también influye que llevo cuatro días portándome bien con la dieta y más o menos una hora pensando en palmeras de chocolate, roscas de la Almudena, bolitas de coco, napolitanas de crema, panes de mazapán…, a la vez que me enfrento a la cruda realidad de que estoy masticando piña de un puto tupperware, como un camello. Pero ya no puedo flaquear más. Ahora mismo tengo que recuperar seis kilos. De seguir así, para cuando llegue Navidades, serán catorce y tendré que terminar brindando con leche de soja como un gelipollas.

Hemos ido a ver a Urko. Le han drenado seis litros de líquido del estómago, así que, aunque está jodido, está mucho menos jodido que antes. Yo no quiero pensar en Teo, pero no paro de hacerlo. Anoche (en la tercera vez que me desperté mientras Jon roncaba) pensé que lo malo de haber esparcido sus cenizas por el ñoñojardín aquel, era que ahora no podía llevarle flores a ningún sitio y hablar un poco con él, como en las pelis yankees. Que ya ves tú lo que iba a oírme el pobre si a estas alturas ya estaría convertido en sustrato, pero bueno. Más por mí, que por él. Que igual podría echarle las flores por el sitio aquel, girando en plan monja cantora de Sonrisas y Lágrimas, pero es que ya hago bastante el ridículo sin necesidad de perfomances funerarias, así que… como que no. Y lo de hablarle a las cenizas, como que tampoco. Que allí todo dios estaba echando cenizas de sus muertos y aquello iba a ser casi como una videoconferencia.

Ya. Me está quedando de triste a irrespetuoso, lo sé. Ya paro. No soy yo. Es la lógica evolución del asunto de estar masticando piña cuando quiero chocolate.