En pie

Ya está. Delegado sindical. Ahora me gustaría decir «una cosa menos», pero en realidad es una cosa más, porque ahora es cuando empieza todo. Me han dicho que me avisarán de dirección para constituir el Comité de Empresa, y que me prepare para encargarme del comité de Seguridad y Salud. También me han dicho que vendrán del sindicato para informarme de cómo se hace todo el proceso. Yo he dicho a todo «estupendo, estupendo» y me lo he apuntado en mi cuaderno como si supiera de qué demonios me estaban hablando. Era el cuaderno aquel de Mr. Wonderful que me regaló Jon K. para que apuntara las recetas de mi abuela Agra, así que cada vez que lo abría, en la primera hoja ponía GARBANZOS CON SEPIA. He pasado un poco de corte con eso. No queda nada bien lo de combatir al capitalismo opresor a base de potajes de cefalópodos y ahí todos nos veíamos los cuadernos porque estábamos en la mesa como piojos en costura. Creo que ha sido mi abuela Agra vengándose desde el más allá por meter una receta de espontáneo entre las suyas de profesional. Perdóname abuela. Nunca más volveré a mancillar el espacio de tu harira. Lo juro por la vida de los miembros del Comité de Empresa.

He ido a mediodía a ver a mi cuñado. Le he encontrado muy tranquilo y amarillento. Lo primero, supongo que producto de las drogas y lo segundo de la cirrosis. Me ha dicho «No me digáis que no parezco un Simpson…» Nos hemos reído. Mi suegra está furiosa con el equipo médico del hospital. No concibe que no le hayan hecho un seguimiento hepático desde el primer momento que le detectaron alteraciones en las transaminasas. Ahora tienen que hacer frente a una cirrosis ya avanzada y no descartan que haga falta un trasplante de hígado. Jon está afectado. De una manera casi imperceptible, pero lo está. Nadie a primera vista se da cuenta de ello. Yo sí. He aprendido a ver al Jon de dentro, así que ahora intento ser nido para él y ponerle las cosas fáciles. Quitarle las preocupaciones de por encima y dejarle solo aquellas que no está en mi mano remover. No coger el patinete de noche, no quejarme del (puto) brócoli en la comida, no tirarme por las escaleras con María sobre el coche de pedales… esas cosas.

En lo bueno y en lo malo. En la salud y en la enfermedad. En la pobreza y en la riqueza. En los arribas y en los abajos. Ese fue el acuerdo invisible que ninguno de los dos firmamos y que respetaremos siempre.

«¿Mientras uno de los dos quede en pie?» «Mientras uno de los dos quede en pie.»