Mi gato ballena

Me ha llegado un mensaje de la tienda online donde pido las cosas de los gatos avisándome de que me iban a caducar los 250 millones de puntos (aprox.) que tenía acumulados por mis compras. Se me ha quedado expresión lemúrida al verlo. La verdad es que no sabía que estuviera acumulando puntos. De hecho no sabía ni que existían los puntos. La verdad es que me dejo tal pastizal allí dentro, que lo que me extraña es que cada vez que meto mi contraseña no se despliegue una alfombra roja y suenen trompetas babilónicas. Ya antes de que el gatovaca se pusiera diabético me dejaba medio sueldo en redes, filtros, rascadores, maltas, yerbas y puñetas, así que imagínate ahora con el pienso y las latas para gato gordopilo. Sumando insulina, jeringuillas, agujas y pruebas de glucosa, resulta que al final me sale más caro mantener al gato que a un rebaño de cabras africanas . Pero bueno… Entre eso y no volver a ver sus chichas paseándose por encima de mis tripas, la elección está clara así que… lloro por llorar. Seguiré arruinándome por él lo que sea necesario.

Al final he gastado 400 puntos en “donación de comida para animal abandonado” y otros 70 en un puntero láser. Lo primero tendré que dejarlo a la fe, porque realmente nada me garantiza que vayan a usar mis puntos en lo que prometen, y lo segundo… pues también, porque es para intentar que el gatovaca haga un poco de ejercicio y desde luego eso sí que es un acto de fe y no lo de las Cruzadas. De hecho puedo apostarte a que en cuestión de cero coma, estaré con mi puntero láser como un imbécil venga p’arriba-venga p’abajo en plan Ibiza mix, con los tres perros hiperventilando, y Mr. Glucoser observándome desde lo alto de la librería, con su colmillo mellado, su obesidad al desaparrame y su sempiterna expresión de “realmente, esperaba más de ti, chaval.”