Palmeras

Vengo a contarte que Jon no me cae nada bien ahora mismo.

Tengo una necesidad muy chunga de dulce desde hace días. Una necesidad submarino. De las que suben y bajan, se abren y se cierran, emergen y se hunden. Las necesidades-submarino son lo peor porque nunca sé cómo afrontarlas. Pensé que podía tener relación con la luna, pero la luna ya lleva casi dos fases y yo sigo pegando la nariz a los cristales de las pastelerías como un Oliver Twist de chuchería y golosina. Llevaba bastantes meses portándome relativamente bien con lo de la dieta de glucosa (solo relativamente), porque Jon está estos días preocupado con la situación médica de su hermano y no quiero añadir mis tonterías a su hoguera, así que ahora me como los tuppers de verdura, navego en yogures y poleosmentas, no pego patadas a la máquina del trabajo para sacar chocolatinas… Lo que viene a ser la actuación racional de un buen chico de hipotálamo roto y con pocas ganas de morir. Pero estos días se me han metido por en medio los martesjuevesviernes, y ya… la hemos jodido, porque me ha sobrevenido la catástrofe-palmera.

Los martes, jueves y viernes tengo que dar clase. La clase está en una academia. La academia junto a una céntrica plaza. La céntrica plaza frente a una pequeña pastelería. La pequeña pastelería alrededor de un surtido de palmeras de chocolate y glaseado. Y el surtido de palmeras de chocolate y glaseado, directamente infiltrado en mi cerebro.

No puedes imaginarte cómo son. Gigantes. Brillantes. Cremosas. De hojaldre dorado y jugoso, y una cobertura deliciosamente escarchada de azúcar y felicidad.

Llevo bastante tiempo dando la brasa con las palmeras de la plaza (no las datileras, sino las de comer) y hoy, que ha venido Jon a buscarme a la salida de mi clase, me ha comprado una. Gigante. Brillante. Cremosa. De hojaldre dorado y jugos… vale, ya te lo he contado, sí. Perdona. Es la ansiedad.

He cambiado comerme media palmera por salir a correr con Jon. Han sido las condiciones de su contrato. “Te dejo comerte la mitad, si sales a correr conmigo por el monte de El Pardo.” Yo me he lanzado con las dos fauces abiertas. Creí que se refería a correr de día, en finde, con solecito, como las personas humanas decentes y normales que no están piradas. Pero no. Era para salir a correr ahora. Ahora que está lloviznando, es de noche cerrada y hace un frío del carajo. Y para cuando he querido protestar, resulta que ya tenía la boca llena de palmera y las babas no me dejaban espacio para la reivindicación.

Qué buena estaba, joder. Gigante, brillante, cremosa. De hojaldre dorad…vale, ya estoy otra vez.

Llevo un gorrito de oso panda, unas mallas largas, un pantalón encima de las mallas largas, una camiseta de manga larga, un polar y un chubasquero encima del polar.

Jon lleva una camiseta fina y unas mallas cortas.

Le quiero, pero me cae fatal ahora mismo. En serio.