Jingle Bells

Está la gente un poco funesta con lo de las elecciones andaluzas. He leído unas cosas tremebundas y apocalípticas. Algunas salidas completamente de madre. Los tuiteros son así. Nos ponemos a colorear y nos salimos de la raya ocho veces de cada diez. Hoy he leído a una chica que decía “han ganado los que matan a las mujeres y a los homosexuales ¡YO OS MALDIGO!” Todo muy tremendo y muy terrible. Casi he podido imaginarla blandiendo el puño con el grito agónico tembloroso y los ojos arrasados en lágrimas. Bueeeeeeno… Haya caaaaaalma… Haya paaaaaaaz. Ni ha ganado nadie inamovible, ni aquí se va a asesinar a naaaaaaaaadie… Suele suceder siempre lo mismo. Nos creemos que las redes sociales son el mundo y la verdad es que solo es una porción muy chiquitita y además, preseleccionada por nuestra propia mano. Y si a eso añadimos toda la manipulación emocional de la prensa de uno y otro bando, ya nos podemos morir tranquilamente de un ataque de hipertensión. Venga, venga. Que no punda el cánico. ¿No es algo como para descorchar champagne? pues no. ¿Va a ser algo que termine con la democracia en el mundo mundial? pues tampoco. Así que tranquilo. Respira y deja de acumular latas de conserva y macarrones en la alacena de tu madre, que no. Que no se acaba el mundo. De hecho no se acaba ni el “Cuéntame.”

Bueno, el “Cuéntame” menos que nada.

Estamos de cuenta atrás para Navidades. Se supone que deberíamos poner el árbol el sábado que viene, y dentro de veinte días cochinos estaré cocinando la sopa de marisco de mi suegra. Andamos todos un poco dispersos por la enfermedad de mi cuñado, así que estas serán unas navidades un poco extrañas. Navidades ligeras. Navidades de aire. Navidades de las que no pesan y terminan escurriéndose por algún desagüe de la memoria.

Para hacer que pesen un poco más, se me ha ido la olla completamente con los adornos. Jon me pidió que le acompañara a un almacén de mayoristas para comprar unas puñetas, y en un descuido (imperdonable) de su alarma antiarieles, me vi solo y empujando un carrito enorme y vacío por inmensos e inabarcables pasillos llenos de luces, colorines y brillis navideños. Lo compré todo. Todo. A lo puto loco. Todo lo que se encendiera, sonara o brillara, terminó en el carro. Se me fue tanto, tantísimo la olla, que ahora en frío veo poco probable que podamos colocarlo todo a la vez. O al menos que podamos hacerlo sin interferir seriamente en los satélites de reconocimiento de la NASA. Hoy cuando llegue de clase, voy a dedicarme a hacer una selección minuciosa de lo que debe formar parte de la Navidad 2018 y lo que se guardará para iluminar la del 2019 (ni una Navidad sin su horterada específica). Se lo he dicho hace un rato a Jon por el whatsapp y lleva enviados ya como 25 mensajes en respuesta de EL PAPÁ NOEL DE LUCES PARA LA DEL 19, POR FAVOR.

Ya ves tú. Un Papá Noel precioso y superbonito, tamaño Oompa Loompa que sube y baja por una escala luminosa parpadeante haciendo HOU-HOU-HOU con el Jingle Bells de fondo en un bucle infinito. Da una alegría de vivir… te entra una cosa por el alma… un cataclismo navideño… unas ganas de matar elfos a golpe de muñecolate…

Adjudicado para 2018 sí o sí.