El niño de los frailes

El rector de la parroquia cuyo salón de actos chorimangueo para mi función de Navidad llevaba unos días diciendo que quería hablar conmigo. Ayer fui a verle. Nada más entrar dije “con su permiso, señor rector…” y me contestó “no soy rector, esto no es un rectorado. Es una parroquia y soy párroco.” Fue una bienvenida bastante rancia. Ya sabes que solo hay dos tipos de curas, los simpáticos y los rancios. En el clero no existe nunca el término medio. Y era de los segundos. Así que pensé “pues mejor terminar el encuentro entre gilipollas con empate técnico” y me senté con mi mejor cara de vaca mirando al tren.

Pensé que el señor no-rector iba a reñirme por ir en patinete, por salir en mallas, por dejar que mis alumnos salieran en mallas o por existir en su campo de visión, directamente, pero no. Solo quería ofrecerme trabajo, porque estaban organizando las actividades sociales de la parroquia y se le había ocurrido la (oportuna) idea de montar clases de ballet para las niñas. Lo dijo así. Tal cual. “Para las niñas.” Porque en su micromundo los niños no bailan, claro. Recibí el puñetazo de género sin inmutarme demasiado. Es lo bueno de escuchar en formato vaca. Que el sudapollismo es inherente. Luego le dejé hablarme de horarios y de remuneración, y después le dije que no-gracias. Abrió mucho los ojos. Creo que si me hubiera entrado una conga de osos polares, no los habría abierto tanto. Luego se frotó un rato el mentón en silencio y me dijo “¿por algún motivo que podamos discutir?”. Yo abrí mi hocico de vaca y dije “mmm…no.” Él volvió a cerrar los ojos pilongos y a afilar la mirada rancia. Dijo “pues muy bien. Eso es todo.” Y dio un golpe seco al portafolios de la mesa. Yo dije “pues vale. Buenas noches.” y me largué cerrando despaciiiiiiiito. Como en las películas de terror. En un ñiiiiiiiiiiiiiiiiii infinito.

Me pregunta Jon si me lo voy a pensar. Sería los sábados por la mañana y me aseguraría poder tener gratis el salón de actos en todas mis futuras funciones. También supondría la opción de ejercer poco de terrorismo desde dentro mismo del frente enemigo, cambiando las normas establecidas (sobre todo en cuanto a género) y también algún dinerillo más que añadir a la hucha de los gatos callejeros de Miguel y Ana. En realidad… aceptarlo supondría más o menos unas cinco o seis ventajas frente a un solo inconveniente.

Solo que el inconveniente es el Ariel Nepomuk de 1997. Y a ese ni pienso, ni quiero traicionarle.