Si fueras tú

La endocrina me recetó un aminoácido para que dejara de comer palmeras de chocolate compulsivamente. Me dijo que no me quitaría el hambre, pero sí la golosonería. Y lo hizo con mala leche, para que no desbordara la glucosa y las transaminasas antes de las comilonas de Navidad. Solo puedo estar tomándolo 12 días seguidos, así que ahora tacho palitos en un cuaderno para dejar de una vez las pastillas infernales del demoño, que me han convertido en un ciborg estomacal. Jon ha empezado a recibir lotes de Navidad con cajas de polvorones, anguilas (de mazapán, no de las ajquerosas), y chocolatinas varias, y estoy viéndolas pasar por delante de mis narices con expresión de oveja, mientras mastico lechugas y avellanas. Por mi parte, yo compré un jamón y un lomo de los lotes de personal de mi empresa. Y ahora Jon me dice “¿Corto un poco de jamón”? y yo contesto “pues corta”, de la misma forma que si me dijera “No voy a cortar jamón” yo le diría “pues no cortes.” El zampabollismo ha dejado de emocionarme entero. Ya no me reconozco ni me caigo bien. Como llegue la Nochebuena con este sinvivir, a dios pongo por testigo que para enero encargo una palmera de chocolate de 8 pisos con garaje y vistas al mar y me mudo a vivir en ella.

Ya le han puesto a Urko la primera inyección de quimioterapia. Ha tenido muy buena reacción y sus niveles se han mantenido estables, así que estamos contentos. Anoche fuimos a verle a casa de mi suegra, y Jon le estuvo rapando la cabeza en previsión de las primeras calvas. A la vuelta, mientras partíamos un pastel que nos habíamos traído, le pregunté a Jon “¿Y tú qué tal llevas todo esto?” (porque como siempre, él procesiona por dentro) y me dijo “Bueno. No estoy feliz, pero estaría mucho peor si el enfermo fueras tú.” No supe qué cojones añadir a eso, así que solo se me ocurrió decir “oh…”, coger mi pasamontañas de osito y darle con él en la cabeza ¡facs!

No. No sé por qué pegué a alguien que me acababa de hacer una declaración de cariño semejante. Pero bueno, supongo que ya le tengo acostumbrado a mis reacciones de oligofrénico amoroso, porque procedió inmediatamente a meterme un merengazo en las narices y aquello terminó como el rosario de la aurora. Merengues voladores, pasamontañas arrojadizos, uy-serámarica, vasamorir, malditopiojo, másvalequecorras… En fin. Lo habitual. En este plano situacional sí que fue una suerte estar con el aminoácido infernal ¿ves? Porque si no, me hubiera encontrado el amanecer de un nuevo día comiendo merengue directamente del santo suelo.

Aún no hemos puesto los adornos navideños. Somos lo peor. Pedro empieza a angustiarse. Jon no. Jon está contento por disfrutar de otro día más sin exceso de kilowatios multicolores en sus córneas. Ayer compré en los chinos un gorro de Papá Noel  con ojitos, que baila al son de un villancico. Como no coloque todo pronto, terminaré sobrepasando mis propios límites.