Soy

Urko está hoy flojillo. Van a meterle otro chute de quimio mañana. Lo de los chutes semanales es lo peor. Cuanto te dan ciclos cada tres semanas, pasas los tres o cuatro días malos y luego tienes tiempo de recuperarte un poco, pero cuando son tan seguidos, aún estás terminando de quitarte los dolores y los vómitos y ya te están metiendo otra vez la jeringuilla. Es un poco agotador. Todo eso sumado a la análitica pre-quimio para ver si realmente estás en condiciones de ponértela, convierten la experiencia en un festival de agujas. Hemos pasado a verle esta mañana antes de ir al trabajo y parecía muy cansado. Tenían un montón de cajas con adornos de Navidad encima de la mesa. “Todos los días los saco y luego no me apetece ponerlos.” Le he dicho a mi suegra que pasaré cuando termine el ensayo y les echaré una mano con él árbol. Será mejor que no se me escape delante de Pedro, porque si se entera que me he puesto a levantar árboles ajenos mientras el nuestro sigue espachurrado en su caja, probablemente me destierre de su corazón hasta Semana Santa. Está raro, Pedro. Nervioso como los caballos cuando barruntan tormenta. No le sienta bien la Navidad. Tiene todo lo que no le gusta. Desorden, ruido, colores sin ton ni son, aglomeraciones de gente, horarios fuera de control…Yo debería ayudarle con un poco de calma, orden y precisión, pero ya me conoces. Soy ese que saca la basura con anorak y pijama de conejitos. Lo único que se me da realmente bien es la improvisación. Mírame ahora mismo. Fíjate cómo escribo los post. ¿Crees que pienso en lo que voy a decir, que los programo, estructuro y reviso como debería hacer? Pues no. Toda mi programación consiste en sentar el culo, abrir un txt, darle a la tecla, contarte cosas al chimpún y colgarlas sin mirar. ¿Que pongo alguna burrada gramatical? bueno, pues ya me enteraré cuando me entere y ya lo corregiré cuando lo corrija. Y así todo lo demás. Es lo que hay. Soy lo que hay.

Esto último me ha quedado de anuncio absurdo de colonia total.

Bueno, ya tengo la función de mis chicos montada, engrasada y a punto de ebulición.  Voy a dejarles descansar hasta el general del viernes. Estoy un poco cansado. Me apetece volver a las clases normales, donde no tengo que coger dos autobuses y un metro, salir a las diez de la noche, dar berridos de alce para que se me oiga, o aguantar a un gorila albino beato vigilando si ruedo o no ruedo el monopatín (tengo que contar un día de estos que me sobó lasciva y penosamente en una discusión. A ver si encuentro un día en el que me importe lo suficiente para hacerlo). Les he dicho a mis chicos, que hacemos la de Navidad y punto. Que luego montamos un par de cosillas en el aula para los padres a fin de curso y tirando millas. Yo qué sé dónde. Aunque sea por los pasillos. No quiero volver a la puta parroquia. Todo allí me resulta desagradable. Hasta los chavales del coro que vienen a cotillearnos, me empiezan a resultar desagradables. El otro día una chica de melenita rubia perfectamente planchada me dijo “pues mi madre es una profesora de danza española muy reconocida” y en lugar de la sonrisa de oveja y el andajatetú, lo primero que me vino a la mente fue decirle: “Pues qué bien que  me importa dos cojones, querida.”

No. No lo hice. Todavía no he perdido tanto los mandos como para eso. Pero puede que esté en camino. Quizá para el 2020. 2019 si no apruebo segundo. Voy de culo con los exámenes y no saco tiempo para sentarme a nada que no sea dormitar encima de los apuntes.

He comprado cinco papá noeles forrados de purpurina, cada uno de un color. Tengo que empezar a decorar la casa como sea, o ya no habrá vuelta atrás.