A veces

Qué mal día tengo. No te lo imaginas. Uno de los peores. Venía a hablarte de mi Nochebuena, que no estuvo nada mal. Rara, frágil y presagiadora, como toda esta Navidad, pero bastante mejor de lo esperado. Ese mediodía llegué a mi casa desde el trabajo con el ánimo un poco por los suelos. Había cobrado y otra vez había visto mi triste nómina. Y de nuevo otra vez me habían prometido hablar de mi renovación salarial y otra vez habían pasado de mi culo con buenas palabras. Todo eso, que ya es una situación que se prolonga desde hace años, hay veces que no me afecta, y hay otras que me hunde moralmente, y aquel día era de los segundos. Porque sí. Porque estaba de luna llena, porque llevaba días sin dormir bien, porque se me estaban acercando los exámenes, porque trabajaba en tres cosas a la vez y seguía cobrando una miseria, y porque ya me tocaba cortocircuitar. A todos nos toca, más tarde o más temprano. Por bien o mal que nos vaya, la vida funciona a base de mareas. Hoy está baja y chapoteas feliz, y mañana está alta y te ahogas. Y yo ese mediodía de Nochebuena volví a casa ahogado y arrastrando los pies. Le dije a Jon “estoy cansado de andar y no llegar a ningún sitio” y él me sacó a tomar una cerveza. “Intenta desconectar por hoy. Piensa en lo bueno de tu vida.” “¿Por ejemplo?” “Por ejemplo que estemos juntos y estemos bien.” 

Me pareció un buen argumento contra el cenizo. Muy certero. Así que respiré, olvidé, me sobrepuse y me mantuve a flote. Y pasó la Nochebuena, y pasó la Navidad, y nos reímos, y comimos, y bebimos, y nos vestimos de Papá Noel, y nos cruzamos regalos y todo fue lúdico y divertido. Hasta anoche que me desperté de la siesta más muerto que vivo, y de nuevo empecé a barruntar otra vez mis tormentas personales, Y me volví a cabrear y me volví a deprimir, y ya decidí que tenía que dejarlas estallar como fuera y con el resultado que fuera, porque era eso o permitir que me amargaran también el Año Nuevo, el día de Reyes y lo que abarcara del 2019, así que tal cual… con esa misma determinación, esta mañana, en cuanto he cruzado por la puerta de mi oficina, me he ido directo al despacho de mi jefe, me he sentado y he soltado toda la  recarga de bilis de estos días. Y hemos tenido enganchón, claro, porque él no es un buen jefe (por no ser ni siquiera es buena persona) y lo de la inteligencia emocional lo lleva justo. De hecho, cualquier reinvindación por justa que sea, siempre suele tomársela por el lado del ataque personal (aunque reconozco que en este caso un poco de eso sí que había, porque ganas le tengo). Así que en esas estoy, en este bonito lunes de sol y contaminación madrileña. Con mi jefe cabreadísimo conmigo y con el espíritu… pues… bastante más tranquilo, dentro de la chunguez de la situación. Porque sí. Porque a veces hay que ser el niño enrabietado que se tira al suelo a gritar, a llorar y a dar patadas al aire, aún a sabiendas de que eso no te llevará a ninguna solución. Aún a sabiendas de que probablemente en lugar de arreglar las cosas, las empeores. Aún a sabiendas de todo eso… a veces hay que hacerlo. Aunque solo sea para vaciarte, recomponerte, respirar, y seguir tirando.

A veces es absolutamente necesario hacerlo.