El poso

Se me va calmando el rebote y la sensación amarga. Cada vez que me cruzo con mi jefe revivo otra vez ante mí su cara de simio hablándome como si yo fuera gilipollas, y vuelvo a tener deseos de meterle un rodillazo en los huevos (ya ves… yo, que soy pacifista y de Carabanchel) pero supongo que hasta esa ira se me irá aposentando. No puedo evitar reconcomerme un poco por todo lo que pude decir y no dije, pero creo que será mejor que me calme antes de mi segundo embite, y vaya guardando balas en la recámara. Por ahora sé que como representante sindical no pueden tocarme en los próximos cinco años. Será mejor que conserve la calma y me dosifique. Me jodería mucho psicomatizar toda el bajón que arrastro y terminar, además de pisoteado y ninguneado, con úlcera de estómago. 

Intento concentrarme en la Navidad, pero me está costando dibujarla en positivo. Y realmente es un poco absurdo que me cueste, porque anda que no he pasado yo Navidades peores y mil veces más tristes, donde además de no tener dónde caerme muerto y estar enfermo, no tenía ni a quién contárselo. Ahora por lo menos estoy entero y tengo mi casa acogedora y destartalada (aunque ni siquiera pueda contribuir a pagarla al mismo nivel que mi compañero) y mi armonía familiar y de pareja es impecable. Ya es mucho mejor que lo que me rodea en estos momentos. Urko ha vuelto al hospital y le tienen con morfina, porque su boca es una pura llaga, a mi amiga Lola la echa su casero ilegal, de su piso en alquiler aún más ilegal, y Jokin cena con nosotros en Nochevieja porque acaba de divorciarse y no tiene con quién comerse las malditas uvas. Solo mirando alrededor ya me doy cuenta que soy bastante afortunado, pero sabes… a veces por muy grande que sea el mundo, lo único que vive uno realmente con intensidad es lo que sucede debajo de su propia nariz. Y esa es una verdad tan injusta como inevitable. Porque sí. Porque ninguno somos pozos luminosos de budismo y equilibrio, sino pequeños seres imperfectos que sobreviven a la armadura que nos haya tocado en el reparto. 

Pero bueno. Como me vino el terremoto, igual se irá. Porque lo que sube, baja, lo que viene, se va y lo que muere se regenera. Y esa es también una verdad tan injusta como inevitable.

Jon le regaló a María por Navidad un puching-ball regulable, de esos que van y vienen en poing-poing-poing. Creo que hoy mangaré unos guantes de su equipamiento de espartano y me dedicaré a dar unos cuantos puñetazos. Me vendrá bastante mejor para el ánimo que cualquier alijo de repostería Martínez de los que suelo tener escondidos por allende mis reinos buhardilleros.