Uno

Mi cuñado Urko está grave. Ha dejado de funcionarle el hígado. Hace unas semanas ya nos dijeron que no había ninguna solución, que tenía metástasis y el hígado invadido y que era poco probable que pudiera sobrevivir más allá de cuatro o cinco meses, así que ya habíamos pasado por el shock inicial en silencio y toda la familia estaba preparada para el desenlace, pero después de esa primera sesión de quimioterapia, su caída ha sido en picado. Ahora está con morfina y ya no abre los ojos. Nos han dicho que es cuestión de días. Lo que su corazón aguante. Pero es un corazón joven y fuerte, así que estarán pendientes de su grado de sufrimiento para proceder a sedarle ya de forma irreversible. Jon acaba de irse para el hospital y yo me he quedado con los niños, que lo están viviendo de forma tranquila. Todos en realidad hemos vivido las noticias y el proceso de forma tranquila, incluido el mismo Urko. Ya lo he dicho otras veces. En mi familia política no caben los grandes estruendos ni los dramas a gritos. Siempre los he visto a todos como los puntos que se entrelazan en una red de malla. Perfectamente unidos, sosteniéndose los unos a los otros sin estridencias, sin irregularidades, en una sujeción segura, firme y constante. He aprendido mucho de ellos. Muchísimo. Son un ejemplo para mí de lo que siempre he querido que fuera una familia. El lugar donde te refugias y nunca del que huyes.

No sé bien qué más puedo decir al respecto. No es precisamente el mejor de los post para empezar un año, supongo. Pero es el único que puedo escribir, me temo. Ya sabes. Cuando las cosas no van bien, siempre prefiero esto. Más espacio. Más intimidad. Menos ruido.