Lo breve

El duelo ante la muerte no está bien preparado. Ya lo dije una vez. Está hecho ex profeso para sufrir. Echo de menos entierros laicos. Celebraciones donde pueda uno recordar cosas buenas del que se va, poner algo de música y evitar toda la parafernalia religiosa que se desplega alrededor del rito. Prescindir de curas, velones, jesucristos, misas, plañideros, velatorios, exposición de féretros, besamanos. Dolor. Jesús solía reírse mucho de todo eso. “Échame a algún contenedor y ya.” Cada vez que piso un tanatorio se me ocurre que igual no es tan mala idea. Que te recuerden riéndose es casi un planteamiento perfecto. Como aquel conocido que pidió ser incinerado y esparcido por los baños de la Joy Eslava. Ahora los que le lloraron no pueden evitar contar su entierro con carcajadas. No sé si puede haber algo mejor que eso. Reírse, reírse y reírse. “Quiero que me incineren y que esparzan mis cenizas por las nieves del Kilimanjaro, pero después de haber subido en chancletas.” “Pero… ¿¿por qué??” “No sé. Por joder.” Algo así. Al fin y al cabo todos nos terminaremos. Antes o después, pero nos terminaremos. Seremos “materia en transformación.” Quiero que se rían conmigo en vida y quiero que se rían conmigo en muerte. Quiero imaginarme como una batería de móvil sin recarga. 25%… 15%… 5%… out. Ya está. Cero dramas. Igual alguna nota manuscrita junto al frigorífico: “No llores Jon, si en unos años vas a seguirme, pavo. O que te crees.” Eso es. Algo así.

Bueno. Mientras, inspiremos aire… expiremos aire… sigamos oxidándonos. Por ahora, no hay nada más maravilloso.