Retomamos

Hoy he ido a la peluquería. Ya no sé lo que he contado, lo que no y lo que he dejado a medias, porque estoy pasando unas semanas de giros infernales, con mi casa en venta, con la compra de otra en ciernes, con Jon&tribu pendientes de un traslado, con mi suegra en el hospital porque se ha caído y se ha roto cinco costillas, con Pedro en crisis de ida y vuelta… En fin. Días en los que cabeza y manos no me han dado más de sí. Así que retomo el blog con la cosa más absurda y subnormal del mundo: hoy he ido a la peluquería.

No. No estoy guapo. Me he quitado las greñas, pero llevo aún el peinado ese que te dejan todos los peluqueros del mundo cuando dices «solo secar». Como de monaguillo hipster. No veo el momento de meter la cabeza debajo del grifo y recolocar mis rizos en su estado natural. Lo habría hecho ya, pero hoy teníamos siete posibles compradores que venían a ver la casa. Odio enseñar la casa. ¿Te he dicho que odio enseñar la casa? lo odio. Se supone que debería ser utilizar un mismo guión de «Esta es la entrada, tiene vigas de hormigón, calefacción por caldera, pasillo blablablabla…» en plan presentador de telediario pero luego nunca es así ¿sabes? nunca. Porque siempre tienes que enfrentarte a alguien que sabe más que tú y te hace preguntas inquisitivas. Y ahí, si eres Jon, entiendes de construcción, tuberías y planos y puedes responder, pues bien. Pero si eres yo, que no sé ni qué cojones es una bajante, pues pasa lo que pasa. Que empiezo a tartamudear y agobiarme y termino quedando como Cagancho en Murcia. Que al final más que vender una casa sana, bonita y luminosa, parece que les estoy intentando colar un cuchitril victoriano, con un cadáver emparedado entre la buhardilla y el trastero.

Odio enseñar la casa. Eso es en resumen lo que quería decirte. Pero vuelvo. Ya vuelvo. Ya estoy aquí. Retomamos.