A mi espalda

Acabo de llegar a casa. A estas horas. Cuando faltan veinte minutitos para las doce de la noche. Maravilloso ¿verdad? Bueno, por lo menos sigue siendo mi casa. Ya le queda bien poco de serlo. Esta semana firmamos arras y señalización. Jon ha estado esta tarde con los compradores. Son muy majos. Creo que cuidarán muy bien de nuestra casona destartalada y de mi buhardilla lemúrida. Nosotros seguimos sin tener casa. Mañana iremos a ver otra. No estoy siendo de mucha ayuda con los casting-casa. No me gusta ninguna. Tienen demasiadas escaleras, las habitaciones son pequeñas, las buhardillas tienen vigas raras, los jardines tienen mucha selva, los sótanos están fríos, las chimeneas huelen a humo, los baños tienen uno de esos putos absurdos bañerones de hidromasaje… ¿En qué coño pensará la gente cuando mete esos estúpidos mamotretos en un baño? ¿en hidrosexo? ¿en sentirse por un momento como una estrella del rock? no termino de entenderlo. Me parece tan paleto como lo de las pantallas de televisión de 85.000 pulgadas en salones de dos metros. Empiezo a pensar que bañeras, televisiones y coches vienen a ser como una compensación psicológica del micropene. Si no, no se entiende.

Estoy refunfuñón. Es porque estoy cansado. Ya he terminado los exámenes y hoy la profesora de hiphop me ha llamado clasista por decir que a los bailarines de clásica se nos distingue entre mil. Sin embargo, se nos distingue. Una vez, sentado en una banqueta de un bar de la Gran Vía, un tipo estrambótico vestido con capa y sombrero me dijo “tú eres bailarín de ballet.” Yo no estaba haciendo nada en particular. Solo estar sentado. Así que debí de poner cara de oveja. “¿Por qué lo dice?” “Por tu espalda.” Ea. Pues por mi espalda. Lo cierto es que llamarme clasista a mí, que precisamente estudié con beca porque en aquella época dependía de los servicios sociales, tiene coña, pero bueno. Tampoco voy a explicárselo a la muchacha. Yo nunca explico nada. Soy perezoso en los enfrentamientos. Siempre prefiero comerme las tortas y desaparecer. Si hay algo que he aprendido todos estos años es que quien no quiere entender, no entiende, así que… para qué gastar salivas. Las peleas me gastan energías y estos días no arrastro muchas. Así que lo dejaré tal cual. Ella pensará que soy un estúpido subidito y yo dejaré que lo siga pensando.

Sigo angustiado por el futuro incierto. Anda, dime que todo va a salir bien.

“Dime que me quieres, Johnny. Aunque sea mentira.”