Ser Jon

Ya están firmadas las arras de la venta de nuestra casa y ya tenemos pactada la compra de la nueva. Todo va deprisa y en buen orden. Y en mitad de todo ese orden, estoy yo permanentemente al borde de un ataquito de ansiedad.

Todo me parece un mundo. Ante cualquier novedad, yo entro en pánico. «Los compradores quieren hablar con el presidente de la colonia…» «OH DIOS MÍO, VAMOS A PERDER LA COMPRA ESO NO ES NADA BUENO, LO SABÍA, SABÍA QUE ALGO NO SALDRÍA BIEN.» «Creo que voy a ofertar por esa casa 330.000…» «OH DIOS MÍO, VAMOS A PERDER LA VENTA, ESO NO ES NADA BUENO, LO SABÍA, SABÍA QUE ALGO NO SALDRÍA BIEN.» «Vaya… parece que va a llover…» «OH DIOS MÍO, VAMOS A PERDER LA VENTA Y LA COMPRA, LO SABÍA, SABÍA QUE ALGO NO SALDRÍA BIEN.»

Así todo el día.

Me gustaría poder decir que no soy yo solo. Que la desubicación mental es algo normal y que el resto de la tribu también está igual de atacada y nerviosa con la situación, pero mentiría. Soy yo y solo yo. Hasta Pedro y su compulsivo «yo también voy a la casa nueva» parece bastante más estable que yo. Yo no duermo. No como. No rindo en el trabajo. No me concentro en los estudios. Yo no nada. Nada en absoluto. Solo me despierto y me angustio hasta que me vuelto a acostar y me sigo angustiando. No me caigo nada bien estos días. Creo que no estoy sabiendo mantenerme a la altura de las circunstancias. Porque vienen muchos cambios. Muchos. Estaré lejos de la ciudad. Habrá montañas en la ventana de mi cocina. Tendré horarios nuevos. Pueblo nuevo. Vecinos nuevos. Espacios nuevos. Horarios nuevos. Ya no habrá militares alrededor, ni cuarteles. Tendré que recalcularme como un navegador GPS. Y tendré que hacerlo en una casa llena de cajas, con tres niños que necesitarán de mi coordinación, así que ya debería haber empezado a dosificarme la angustia, en lugar de ir por ahí derrochándola como un psicótico.

Y a la vez que digo esto, mastico y destrozo el capuchón de un bolígrafo como si no hubiera un mañana.

Y Jon. En el otro extremo del ring. Sonriendo con su gesto canalla de ceja levantada. Pasando de todo. Tranquilo. Pachorriento. Improvisando cada movimiento y saliendo vencedor por sus cojones. Yo le digo «hay que ir calculando el presupuesto para pintar esa casa» y él me dice «¿qué casa?» Siempre así. Conectándose y desconectándose a voluntad. «¿A qué hora nos levantaremos allí por las mañanas?» «Ya lo iremos viendo.» «¿Qué carretera nos vendrá mejor para bajar a trabajar?» «No sé. Ya lo veremos.» «¿Cuándo empezamos a hacer la lista de lo que nos llevamos?» «Pues el día antes de irnos.»

Jon cree que el único problema con peso para desesperarse en esta vida, es la muerte.

Necesito ser Jon. O empiezo a ser Jon, o pronto me dará un chungo.