Alma

Hemos estado mirando los planos de la casa nueva y me he ilusionado bastante. Luego se ha hecho noche cerrada, me ha dado la angustia absurda y me he preocupado por si no me acostumbraba a vivir en un sitio tan apartado y tan grande (ya ves tú. Yo, que he llegado hasta a dormir en un fotomatón). Después, tras la cena, me he puesto a mirar vinilos para la buhardilla y me he vuelto a ilusionar y a ponerme contento. Y más tarde he pensado en cómo vamos a coordinar lo de la pintura con la mudanza, y me ha vuelto da dar la angustia.

Vivo en perpetua montaña rusa. Entre maravillosomaravilloso y aymadreaymadre. Me dice Jon que me concentre en el próximo mes de julio. En el día de mi cumpleaños, cuando ya todo haya pasado y hayamos dejado el mogollón atrás. Que nos visualice sentados en la mesa de nuestro jardín, mojados y felices de piscina y haciendo una barbacoa para celebrarlo. Y yo cojo mi agenda-carpeta llena de papelotes y cuentas, golpeo el bolígrafo contra la tapa clic-clac y le digo que se nos ha olvidado meter la barbacoa en el presupuesto. Y él se ríe, sacude la cabeza y dice “Aaaaay, Ari…”

Alguien me ha dicho antes que igual necesito un psicólogo, pero no. No tengo yo personalidad apta para psicólogos (aunque decir esto pueda ser usado en mi contra). Tengo la ventaja de haber pasado mucho tiempo solo y haber podido conocerme en profundidad, así que ahora soy un imperfecto que se perdona. No pasa nada. Si me angustio, pues me angustiaré. Recurriré a las cosas que me desangustian. El sexo. Bailar. Mozart. Pintar las paredes. Los vodkatonics.

Ya. Eso último me ha quedado chungo. Lo sé.

Hoy le ha dado un tirón a uno de mis alumnos en un abdominal por un mal developpe. Se ha quedado doblado de dolor y cuando he intentado masajearle para estirarle el músculo, se ha contraído aún más, le ha faltado la respiración y se ha puesto nerviosísimo. Ha empezado a hiperventilar y a decir que se ahogaba, así que al final me lo he tenido que llevar fuera, donde las taquillas, para que se calmara. Allí se me ha puesto a llorar como un niño y me ha contado que tenía mañana examen de filosofía (¿?) y que lo iba a suspender porque aunque lo entendía todo, no era capaz de ponerle palabras. Me ha dado penilla. Para pasar de Platón a un abdominal jodido hay que tener realmente muy mal día. Cuando ya se ha calmado un poco, ha dicho “la gente se cree que a nuestra edad todo está guay, pero tenemos mucha presión”. Me han dado ganas de decirle “ay, muchacho…de presiones me vas a hablar tú” pero era su crisis y no la mía, así que solo le he dado palmaditas de ea-ea, le he devuelto el abdominal a su estado normal y le he ayudado en el autobús con los apuntes, explicándole el mito del carro alado y la escisión del alma irascible y el alma apetitiva. Creo que el pobre no ha entendido una mierda. Ya te conté que por las noches tiendo a explicarme como un libro cerrado. Aún así me lo ha agradecido mucho y se ha despedido como la reina de Inglaterra. Moviendo la manita desde la ventanilla.

Me caen bien mis alumnos. Estoy contento por no tener que dejarlos. Voy a gastarme en gasolina más dinero del que voy a ganar con la clase, pero ya sabes. A veces no se trata solo de eso.