Del revés

Nos han llamado los compradores de nuestra casa para avisarnos que ya podemos firmar escrituras en un par de semanas. Jon se ha puesto muy contento. Yo me he cagado vivo (ese viene a ser últimamente nuestro reparto fijo de papeles). Los de la casa nueva nos pidieron abandonarla después de Semana Santa y así aprovechar las vacaciones para la mudanza. Eso supone que entre la entrega de las llaves de nuestra casa y la recogida de las de la nueva habrá… aproximadamente entre tres y cuatro semanas. Tres o cuatro semanas en las que literalmente no-tenemos-dónde-meternos.

Más otra semanita que necesitaremos para pintar, reformar los baños y el sótano, solar el jardín y poner el aire.

Esto es superbonito.

Como no puedo calmarme con eso que dije ayer de vivir solo donde tenga los pies, porque mis pies ya no saben ni dónde están, me dedico a mirar muebles y revistas de decoración. Que ya ves tú la idea que tengo yo de decoración. Creo que llegué a mi máximo exponente el día que planté un cactus en medio botijo. Pero mira… algo tengo que hacer, si no quiero que me dé un chungo de preocupación, así que ahora LLEVO LA DECORACIÓN. Jon me ha traído 200 fotocopias de los planos y un montón de muebles recortaditos a escala, para que los vaya colocando y luego eligiendo en un catálogo. Me ha dado toda una charla sobre medidas y escalas, de la cual (para variar) no he entendido una puñeta. No sé. Algo sobre unos y cientos. Al final me he cansado de colocar minimueblecitos y he colocado batiseñales, estrellas de la muerte, un Freddy Kruger, ocho tortugas… Mi único antídoto a cuando siento que me estoy volviendo loco, es volverme más loco todavía. Ya sabes, la teoría del hundimiento. Esa que dice que para poder ir hacia arriba, primero tienes que caer del todo. Cuando ya noto que estoy absolutamente maraca, recurro a María. «María, mira… estoy colocando ocho tortugas en el salón.» «Vale. Mincantan.»

María es perfecta para devolverte a tu cauce mental. Con una sola palabra es capaz de normalizarte hasta la más absoluta de las esquizofrenias.

Mañana tengo la entrevista con mi jefe. No me apetece una mierda. Sigo sin energías de combate. Pero está pelota y conciliador desde que soy del Sindicato, así que es un buen momento para volver a recordarle que cobro una mierda. Voy preparado para que me diga que no respeto las normas ni tengo una buena actitud. Es la misma cantinela de siempre.

Señor mío… me han pedido que coloque minimuebles y me he puesto a recortar una batiseñal. No piense usted que mi falta de respeto a las normas es intencionada o se limita a mi entorno laboral, que no. Que es que yo ya vine al mundo con las costuras del revés.