El aprendiz

¿Sabes qué me tomaría ahora mismo? un vodka con naranja. En copa grande y con mucho hielo. Pero ya me he comido un búlgaro (el pastel, no el nativo de Bulgaria) de chocolate y dos sándwiches de Rodilla (la marca, no la articulación) a la salida de clase y no quiero tentar a la suerte con mi guardián de la dieta sana. Bastante mosqueado le tengo ya con eso de que no haya querido comerme las judías verdes de la cena. No me gusta fallarle. De verdad que no. Sé que solo intenta ponerme a salvo. Pero es que hoy he tenido un día duro y cuando me he bajado del autobús he pensado «o chocolate o muerte, Ariel Serlik.» Podía ser peor. Podría ahogar mis penas en cocaína y ginebra, a lo Jack Kerouac. Al menos con el azúcar moriré más despacito.

Tengo la boca llena de llagas. Todo el paladar y las encías de la izquierda. Y otra incipiente en un lado de la lengua. No sé si me he quemado o es que lo de ser un tentetieso emocional estos días me está bajando las defensas, pero qué mierda todo, de verdad. Hoy he tenido la entrevista con mi jefe. Por primera vez en muchos años, no se ha puesto a la defensiva, ni ha criticado mi actitud, ni ha cuestionado mi disposición. Al contrario. Ha dicho que yo era «un muchacho serio, sensato y muy trabajador.» Me ha dejado de pasta boniato. Mi expresión de gelipollas ha debido de hacer un juego estupendo con el ficus de plástico que había a mi lado en el despacho. Pero una vez superado el estupor inicial, no me ha costado mucho entender qué era lo que había cambiado desde aquella última entrevista en la que se me había definido como «una influencia MUY negativa para los compañeros» a esta, en la que de pronto he pasado a ser un borreguito dócil, laborioso y encantador, merecedor de mil aumentos.

Mi querido sindicato.

Me ha dolido el corazón. Lo reconozco. Por mil razones. Sobre todo por el hecho de que un mierda como él pueda pensar que tengo un precio. Y por las veces y veces que lo habrá pagado a otros antes de que yo. Supe que la anterior delegada sindical estaba cobrando del orden de 900€ más que yo, en un puesto de responsabilidad similar. Ahora entiendo por qué. De hecho ahora entiendo muchas cosas. El inmovilismo sindical absoluto que tenemos desde hace años. Es muy triste todo. Delegados vendidos que han sido votados por gente que confiaba en ellos. No me quito de encima la sensación de que estoy solo en esta torre. De que tendré que defenderla hasta de mis propios compañeros de lista. Y sé lo que tengo que hacer. Dejar que se me revise el sueldo y luego seguir tocando los huevos. Jugar su propio juego y hacerles trampa. Pero eso no me quita la sensación amarga de la boca. No me gusta que ganen los sinvergüenzas en ningún mundo. No me gusta ni siquiera saber que existen tan al alcance de mi mano.
Todo es muy cansado.

Y yo sin batiseñal.