I love cogollitos

Me he comprado un cacharrito de esos para colocar en la rejilla del coche y sujetar el móvil. Porque estaba hasta el nardo de perderme por todas partes y quería ser como el resto de la raza humana que va por ahí con el coche tan pichi gracias al navegador de google. Y con mi navegador, mi cacharrito, mi móvil y mi chimpún, he salido de clase y todo envalentonado me he ido a buscar a Jon al Fort Knox ultradupravigilado donde trabaja. Ese donde cada vez que voy me hacen pasar por doce cacheos y veinticinco scanners de metales. Ese mismo.

El caso es que una vez dentro, he visto que no se registraba en el maps el complejo militar y el estar tiquitiquitiqui con el móvil como un chimpancé, junto con una canción de Rafaella Carrá que llevaba demasiada alta para la ocasión, ha hecho que me perdiera el desvío, que me metiera por dónde no debía, y que no oyera el alto que me estaban dando los vigilantes de garita.

Moraleja: me han apuntado con una metralleta y me han ordenado a gritos bajar del coche. Y lo he hecho, claro. En mallas de ballet, porque venía de clase, y con una sudadera vieja que rezaba «I love Cogollitos». Y con el «explótame-explótame-expló» sonando a toda mecha a través de las ventanillas. Ha sido superbonita la sensación esa de estar ahí de pie, en plan película, sin saber qué hacer exactamente con las manos, si subirlas, o bajarlas, o dejarlas a ambos lados en plan espantapájaros, inundado por la certeza de que si las metes en el bolsillo de la sudadera te vuelan las orejas a tiros.

Cuando por fin me han llevado con Jon (porque no he ido, me han llevado) pensé que se asustaría mogollón al verme y que diría DIOS MÍO, CARIÑO QUÉ TE HAN HECHO ESTOS CANALLAS MALNACIDOS, pero no. Solo ha soltado un poco de risita y me ha hecho un frusfrús de pelo. Así. En plan «qué simpático mi fraggel». Se vé que lo de apuntar con metralletas a chicos en mallas de ballet que escuchan a Rafaella Carrá, es algo habitual por esos lares, y a nadie le parece nada del otro mundo. Uno de los gorilas le ha dicho «perdone mi comandante» y él ha dicho «no pasa nada.»

«Perdone mi comandante por casi pegarle un tiro a su marido.» «Ah, no, no, tranquilo, si en realidad es rarísimo que nadie se lo haya pegado todavía…»

En fin. Ya estoy en casa. A la frustración y decepción de ayer y la licantropía de anteayer, le sumo el ridículo espantoso de hoy. Jon sigue soltando chorritos de risa mientras me prepara una cena especial alta en grasas saturadas para compensar. Y de vez en cuando viene a abrazarme, se descojona aún más fuerte contra mi cuello y dice «ay, Ari…»

Y yo sin batiseñal.