Resacas y mareas

Me quedé a ver los oscars ayer hasta las cinco. Hasta aquí nada nuevo bajo el sol. Lo hice el año pasado, el antepasado, el anterior al antepasado… Pero esta vez me ha sentado fatal. También por los tres vodkatonics que me pimplé. Qué pena, parezco un clon de mi padre. Es por el estrés de la mudanza. O de la venta. O de la compra. O de la reforma. O del sindicato. O de… El caso es que no me destaco estos días por mi templanza, no. Cayeron los tres vodkatonics, una bolsa de conguitos, las palomitas, un paquete de galletas, un revuelto de quicos… Me he despertado con dolor de cabeza, estómago, cuello y espalda. Y que no me recupero. Tenía clase esta tarde y he tenido que suspenderla. Era eso o darla tumbado en la mesa, como un faraón. Y tampoco he podido ir a la biblioteca de la uni a por la bibliografía que necesito para el trabajo. No he hecho nada. Solo dolerme. Vendrá Mayo con sus exámenes y volverá a pillarme en bragas. Pero hoy no puedo preocuparme por nada porque la cabeza parece pesarme como diez kilos más de lo normal. Jon me ha llevado a ver coches, en la moto. Está empeñado en que cambie mi coche por un híbrido, ahora que voy a gastar el doble de rueda en ir a trabajar. Creo que también lo hace para mantener mi pensamiento en otra cosa que no conlleve angustia. Me he subido a un montón de coches enormes, brillantes y maravillosos, mientras Jon y un vendedor sonriente debatían sobre consumos y potencias. Todo me sonaba a blablablá. En uno de los coches (enorme-brillante-maravilloso) he echado un poco el asiento hacia atrás y casi me quedo dormido. Me ha despertado el toc-toc-toc de Jon en la ventanilla. «Mira. Tiene pantalla de visión trasera. ¿Qué te parece?»
Fantabuloso, fantabuloso. Comparados con el mío, todos parecían aviones. Tengo un coche feo y luterano. Casi todos mis cacharros son feos y luteranos, pero el coche me importa especialmente poco. Sirve para llevarme de un lado a otro y en eso no me ha fallado nunca.

Mi vida va a cambiar. Recorreré un montón de carreteras y rotondas cada mañana cuando el sol aún esté asomando. Y lo veré recortarse sobre campos y montañas. A veces ese cambio me produce felicidad y otras veces, solo vértigo.